Santo Domingo y sus máscaras

Como toda ciudad, Santo Domingo es única, de rostros diversos y plurales máscaras. Igual somos quienes vivimos o sobrevivimos en sus entrañas. Habitamos la misma ciudad, pero hay gente que vive en uno de sus antifaces, sin mirar hacia quienes sobreviven en más de una de sus caras verdaderas. Uno de esos rostros de Santo Domingo es el protagonista de "Dramas", el espectáculo teatral escrito y dirigido por un tal Carlos Cabeza, perdón, Carlos Castro.

El protagonismo de Santo Domingo no es nuevo, en 1965 irrumpió como estrella con violencia, armas en manos defendiendo la constitucionalidad y su autodetermi-nación. Quiso demostrar que no era aquella ciudad sumida en el terror paralizante de los cepillitos del SIM, que a sus habitantes ya no se les retorcían las entrañas de impotencia y dolor por la sangre derramada. Pero, la felicidad en casa de pobre dura lo que una cucaracha en un gallinero: con la derrota llegó la caricatura caribeña del Gran Hermano. En los barrios se agotaron las banderas enterrando personas culpables simplemente de querer vivir sin ser molestadas, jóvenes de ambos sexos ávidos de futuro y progreso.

Santo Domingo fue objeto de la nostalgia viviente de la clase media intelectual que se estremeció cuando René del Risco, acongojado, nos dijo que "ya no es hora de contar sordas historias, episodios de irremediable llanto, todo perdido, terminado", porque la ciudad es recorrida por un "viento frío que acerca su hocico suave a las paredes, que toca la nariz, que entra en nosotros y sigue lentamente por la calle, por toda la ciudad".


Luis Días fue de los primeros en descubrir que de los Molinos ya no tiraban, que Santo Domingo era algo más que la gente que vive en Intramuros, Gascue, Ciudad Nueva, Zona Colonial, y Callejón de Regina. Esta parte
de la ciudad ha sido la más inspiradora y protagonista del arte y la literatura "serios". El Luis se tiró por los barrios calientes, amó a su corazón de vellonera contándonos de esas muchachitas que "dan ganas de llorar, de nueve y diez años en un lupanar, vendiendo la lima, la flor de un limón para que una tal Herminia viaje a Nueva York".

"Dramas" se va por las mismas vainas que el Luis, habla de ese rostro del Santo Domingo que negamos. El espectáculo teatral de Carlos Castro lo mismo nos hace vibrar acompañando al Chupibrecha a fisgar esas húmedas nalgas cobrizas por los patios metafísicos de Villa Francisca y María Auxiliadora, que marotear la manga más grande con Trebolone la pechuga, o armar una estruendosa bazuca junto al mismísimo Carlos Cabeza.

En una puesta en escena minimalista y efectiva, Manuel Raposo, Domis Taveras y Wallis Uribes encarnan seres humanos que sobreviven en las orillas de un poema en prosa en el que la crueldad acompaña la risa, la felicidad no está exenta de tragedia y no sabemos quién tiene más tigueraje: un brechero, una trabajadora sexual o un maroteador preso en la Victoria que espera la visita imposible de su pana de infancia.

Ramón Tejada Holguín
Perspectiva Ciudadana
El Caribe
26 de abril de 2011.

El tránsito como metáfora

Según un grupo de estudiosos de los fenómenos sociales y políticos, las instituciones son esencialmente reglas, pautas de conducta. La circulación de vehículos nos ejemplifica la importancia de las instituciones para una nación.

Una institución es una forma de la gente relacionarse en la cual hay comportamientos esperados. Se circula a la derecha y se rebasa por la izquierda; si todos respetan esta regla, no habrá colisiones entre los vehículos.

La importancia de las instituciones es evidente: las relaciones entre los seres humanos se hacen más fluidas, menos costosas emocionalmente y de menor nivel de riesgos. Las instituciones promueven la cooperación.

Hay quienes se preguntan, ¿por qué circular a la derecha y no a la izquierda? Las razones tienen que ver con tradiciones y convencionalismos.

En Gran Bretaña y los países que fueron parte de su imperio colonial, se circula a la izquierda. La circulación a la derecha o a la izquierda es una institución, una regla del juego que todos respetamos para no tener accidentes. No conozco estudios que sugieran que una forma de circulación sea mejor que otra, ambas normas de comportamiento para automovilistas funcionan según las características del país y la cultura. Lo único seguro es la necesidad de que existan reglas, que se respeten y que tengan continuidad en el tiempo.

Imagine por un momento que la decisión de guiar a la derecha o a la izquierda dependa de cada persona, el número de accidentes automovilísticos irá en aumento; la gente estará sumamente nerviosa e irritable porque a cada momento deberá tratar de adivinar hacia dónde ir para esquivar el Conatra o el Fenatrano que tiene la decisión de hacia dónde, cuándo y cómo girar. ¿Qué decir de los funcionarios, las funcionarias, el amante, la amante y un sinnúmero de etcéteras que envían a sus Amet de bolsillo a detener el tránsito sin importarles las emergencias ajenas?

El costo en términos psicológico de manejar en un mundo sin reglas es terrible, indescriptible. Esto aplica en el ámbito general y, particularmente, en el estatal.

En nuestro país hay muchos "accidentes estatales" porque hay personas que carecen de escrúpulos y pretenden manejar a las demás, confían demasiado en sus propias habilidades y quieren adaptar las normas a su visión particular y propia. Manejan el Estado como se maneja en las calles.

Aunque usted no lo crea, y yo no me llamo Ripley, si en Dominicana lográramos que las personas y también ciertos funcionarios de ambos sexos, cumplan con la ley de tránsito, estaríamos dando un paso como aquel de Armstrong: pequeño para la Amet y grande para la Nación. No exagero, la situación es grave: según una encuesta de Asisa, el 65% de los conductores reconoce que ha violado alguna vez la ley de Tránsito.

La democracia es construcción colectiva, empecemos respetando la Ley de Tránsito, o sea asumiendo nuestros deberes, y continuemos exigiendo a Amet que la cumpla, o sea exigiendo nuestros derechos.

Ramón Tejada Holguín
El Caribe
Perspectiva Ciudadana
19 Abril 2011