El mundo según Alf: modernidad, desencanto y desconsuelo en los 80

“...me pregunto con qué derecho un hombre se atreve a exigir a otro que mude sus gustos o que los modele de acuerdo con el orden social.”
´ Sade: Justine o las desventuras de la virtud

Introducción: gato al horno

Sé que algunos lectores se estarán preguntando quién es ese Alf. He de aclarar que no es un novel escritor recién descubierto por algún sabiondo gurú de la literatura dominicana, ni sagaz crítico que ha realizado el mejor de los trabajos, jamás escrito, sobre los jóvenes literatos de los ochenta.

Este Alf es un pequeño extraterrestre, que gusta del gato horneado, adobado con patas de perro y rabo de ratitas tiernas. Un manjar como éste no puede ser degustado en compañía de un vulgar beaujolais. La bebida, es evidente, ha de ser zumo de burro batido con una pizca de aceite de ricino.

Si alguien les dice que es el personaje central de un programa de televisión, posiblemente les esté mintiendo, es real. Dirán que se divierte con sus mordaces comentarios sobre la vida cotidiana, en el marco del paradigma de la cultura occidental: los Estados Unidos. Este extraterrestre le encuentra el lado oscuro a cualquier hecho o sentimiento optimista de la familia que le alberga en su tránsito por la tierra. La vida terrestre, vale decir la cultura judeocristiana, es comparada constantemente con la vida en Melmack, su mundo de origen, que es el reverso de la modernidad.

Década del desencanto y el desconsuelo

Así, como Alf, son los que se hicieron adolescentes en el marco de los doce años de Balaguer. Jóvenes que se desarrollaron, que conformaron su “estructura caracterológica”, en esos años en que el autoritarismo caudillista domesticó a la “sociedad civil”, que luego de la insurrección del 1965 se encontraba fragmentada.

La relación vertical y rígida del Estado y la Sociedad Civil, se manifestaba como una intromisión estatal en la esfera de la cotidianidad y marcó, de alguna manera, la visión del mundo de los dominicanos y dominicanas, en especial la de los jóvenes que despertaban al mundo en la época. Quizás por esta razón, se pensó que los cachorros de intelectuales podrían ser portadores de una suerte de conciencia democrática profunda. Que reaccionarían contra el autoritarismo, exigiendo mayores niveles de participación pública, tanto en lo cultural como en lo social.

Sin embargo, otros fenómenos contribuyeron en la constitución de las “estructuras caracterológicas” de estos jóvenes: la crisis de los paradigmas sociales, la crisis de las organizaciones políticas de izquierdas, el fracaso de los grandes proyectos societales y la forma en que las expectativas democráticas y de bienestar de la sociedad civil no fueron satisfechas por el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) a su paso por el tren gubernamental (1978 a 1986).

La visión del mundo y “la práctica intelectual” de los jóvenes escritores de los ochenta se vieron signada por estos fenómenos. Unos se asimilaron al Status Quo que reina en la sociedad, otros intentaron aprovechar los espacios de las izquierdas en busca de público y seguridad. (No debe olvidarse que el debate y la “praxis” cultural estuvo gobernada por el pensamiento “progresista” en los sesenta y setenta.) Hubo quienes se asociaron en “colectivos” y “talleres” en busca de una voz que se asumiera como “colectiva” y plural. Y algunos, como la mala res, rechazaron agregarse y marcharon con independencia los caminos de la literatura.

Si bien, como parecerían sugerir los planteamientos anteriores, no se puede establecer la existencia de una visión del mundo única, colectiva, de los escritores de los ochenta, sí puede hablarse de valores y de un cierto “aliento” que los unifica, dentro de la diversidad de pareceres, géneros y estilos que poseen.

Pensamos que los iguala el desencanto, el desaliento y la negación de la cultura actual. Se podría inferir que, aunque sea como intuición, los caracteriza la forma en que sus textos traslucen, que asumen que la crisis de las instituciones sociales remite a la crisis de los valores que las sostienen y, puesto que los valores no flotan en el aire, se está ante la crisis del sujeto, el hombre occidental. En algunos de los autores jóvenes esta idea podrá aparecer más o menos explícita. De todas maneras, la mayoría de los textos de esta generación pueden ser interpretados en este sentido.

Desde hace jazz mucho tiempo me paso el tiempo tocando tu sexofón”[1]

La cultura dominicana, que no ha logrado conjurar el fantasma del caudillismo, es esencialmente autoritaria. Y éste odia el cambio cultural, es desestimulador de la imaginación y el intelecto, no es inmóvil porque no tiene fuerzas para contradecir a Heráclito y a su río, pero a duras penas gatea. El mundo en el que despiertan los jóvenes es un mundo ya construido, que tiene la pretensión de presentare como inmutable a sus ojos.

Ante un mundo poco permeable a los cambios, y que deja escaso espacio a la libre creación, el aburrimiento, el hastío se generalizan, se posan en el alma de los jóvenes, ¿qué hacer con el tiempo libre? Escribir puede ser una forma de combatir el aburrimiento; pero, no siempre se desea escribir. La música, sobre todo el jazz y el rock, deviene en elemento importante en la vida de la juventud para combatir el fastidio y la aquiescencia dominicana: “El cigarrillo de esta trompeta se está muriendo de tedio”[2], dice Manolo. ¿Por qué una trompeta? ¿Por qué el jazz, el rock?

La soledad del trompetista es infinita. Un solo de trompeta puede ser lo más divertido o nostálgico o triste del mundo. Polisemia. Tal como la juventud lo puede ser. El jazz es la improvisación, libre albedrío del músico, una pieza de jazz nunca es la misma, nunca provoca los mismos sentimientos en el que la escucha, nunca es ejecutada de la misma manera. El rock es violento, contestatario, símbolo de la revolución sexual y de los hippies, esos vagabundos y desmadrados que tuvieron algo por lo cual vivir y luchar, que soñaban con “un mundo sin propiedades”, que perseguían su destino, en dóciles monturas.

Esa forma de mirar al pasado Hippie nos habla de las carencias del presente. El tedio, la ausencia de perspectivas y proyectos definidos de los de hoy contrasta con el viaje de amor y paz por las carreteras que marcó a la juventud de los sesenta. La desolación de los de hoy tiene sus raíces en los fracasos de los proyectos de los sesentistas, lo que deja pocos ídolos en pie, pocos símbolos a los cuales aferrarse. Se hace inevitable, entonces, preguntarse ¿hacia dónde vamos? Amable dice saberlo, y lanza su opinión con violencia, con cierta dosis de humor negro, hasta ciertos resquemores y resentimientos: “catalizamos la huida hacia la podredumbre”[3]. De seguro que la mayoría de su generación estará de acuerdo con él, aunque no lo admitan. Porque otra de las características de los jóvenes escritores es su individualismo, su tendencia a negar los aciertos de los que no pertenecen a su círculo interior.

¿Quiénes desean saber quiénes catalizan la huida hacia la podredumbre? Probablemente la mayoría, pero se quedan estupefactos ante la pregunta. Son la generación que interroga y no responde, pero responde sin saber cuál es la pregunta. Son un caos, a veces. Y otras veces, también. Pero el caos no les pertenece, les viene de fuera, del mundo que les rodea. Ese mundo que les acusa de ser un grupo de malcriados, inadaptados, que se aburren infinitamente, que prefieren mover la cabeza al compás de una música extranjera, antes que menear las caderas al compás del merengue. Pero, Julio Castillo, quién sabe por qué, de repente, en un extraño momento de lucidez, antes de abandonar la escritura y emigrar a New York (¿alguna metáfora en esto?), dice algo que, en cierta forma los define a todos como son: “una figura chinesca/ obscenidad escrita/ en el convento”[4].

No crea que el convento es la sociedad actual. El convento es el cuerpo. Ese fetiche de una sociedad erotizada y en ocasiones pornográfica, pero hipócrita, que exige emociones fuertes para combatir el aburrimiento. Pero, la censura pretende desterrar el cuerpo del idioma, por impuro. La reacción de los jóvenes es poner de manifiesto cuáles son los placeres soterrados que nuestra cultura del aburrimiento y la violencia crea: “Aún recuerdo como sangraste Pretty Doll cuando bañada en cerveza a horcajadas te abrieron sobre la mesa de billar y luego ese taco machacando tu virginidad que se resistía en vano a los empellones, hasta que tuvo que ceñirlo y teñirlo de niña”.[5]

Qué otra cosa pueden hacer, si no se reconocen en las actuales instituciones, si sueñan, ¿pesadillan?, un Melmack inexistente, que apenas se perfila en las cabezas de algunos, los más osados y apasionados. ¿Desean llevar hasta sus últimas consecuencias las ideas que los mass media les inculcan?: Beber, fumar, junto a hermosas y deslumbrantes modelos, de tersa piel, de perfectos senos reconstruidos, de labios increíbles y lascivos –colágeno incluido. Divertirse, divertirse, que la juventud es breve: y diversión significa consumo. Son sujetos que se rechazan a sí mismos, porque son producto de un mundo y un pensar que no les satisface. Un mundo que los seduce y los reprime. Que los alaba (la juventud es el futuro) y los bloquea (eres muy joven para entenderlo).

Entenderse parte de lo actual, de “la modernidad”, ese tótem que desea eternizarse, y de un futuro incierto que no llega, los segmenta y los lleva a afirmar, en sus textos, más de un “yo”, si bien es un yo plural, no es un nosotros, es un juego con el espejo y la relatividad.[6] Aunque es posible que la intención de algunos sea poner en evidencia todos estos elementos, demostrar la “contradictoriedad” del ser, pero resulta terrible ser un “yo” que habla en el vacío, que no se convierte en “nosotros” y no llega a “él” o a “ella” o a “ustedes”. Para Dionisio, ese contexto de desolación y desamparo convierte el suicidio en necesario, y reconfortante: “Luego de leerme estoy seguro, empujarás el puñal hasta tu pecho”[7].

La nostalgia de la época cuando las apuestas eran más simples

Cuando era niño, las apuestas eran simples. Existían amigos y enemigos. Seres amados y seres odiados. Se estaba a favor o en contra de algo, o de alguien. Vida llena de simpleza, pero vida chata, vida muelle.

Durante los años de gestación de los noveles escritores, la sociedad dominicana era como un niño: en lo político se estaba a favor o en contra de Balaguer. En lo intelectual se era o no marxista. Unos eran buenos, otros eran malos, y viceversa, todo dependía de la universidad que nos formara. Ese fue otro de los errores del movimiento “progresista”. Al ganar el PRD las elecciones de 1978, el mundo político e intelectual se complicó. Se empezó a captar lo complejo de la existencia. La simpleza de las apuestas se evidenció como falsa. Las izquierdas, que dominaron el panorama cultural de aquellos años, se vieron huérfanas. Ya no había contra quién hacer poesía coreada. Nada fue transparente, ni oscuro. Todo fue embargado por la penumbra, que es un espacio donde confluyen la luz y la oscuridad ocultándolo todo y, a la vez, mostrándolo todo.

En cierto sentido asumen la nostalgia desde diversos puntos de vista, pero, ¡qué maravilla es el pero!, no sólo es una nostalgia de la simpleza de la vida del infante. René Rodríguez Soriano, es un jodedor nostálgico, uno que oculta su deseo de retornar a la simpleza de su infancia, pero una infancia reconstruida, parecería que pide lo imposible: ser niño con las ideas y madurez del adulto que es hoy. René construye un pueblo imaginario (San José del Puerto[8]), que viene a ser un Constanza, su pueblo natal, cosmopolita y universal, un poblado rural con aires urbanos, es Constanza urbanizado, o Santo Domingo “constanzanizado”. Pero esta nostalgia no es meliflua, no es simple añoranza del pasado, es uso de la experiencia del escritor, de los fantasmas que atormentaron a un joven que despierta al mundo, queriendo algo más que un pueblo hostil a la imaginación y la libertad. Es una nostalgia que no es tal.

Y no es tal, porque en el fondo lo que aparece como nostalgia, es un “yo” diluido en el texto, el yo de la modernidad y los modernos. Es a veces una presencia cuasi imperceptible este yo. Pero aun en los textos escritos en segunda o tercera persona, en el escritor de la modernidad se siente el peso del yo. Modernidad, yo, humor y metáfora son indisolubles: “La introducción del yo supone la modernidad (…) El Yo es humorístico en cuanto que toma conciencia de su insignificancia en el universo. El Yo es metafórico en cuanto que se siente relacionado con todo, se siente todo, sin limitaciones religiosas, medievales, clásicas”.[9] Si en más de una ocasión se ha acusado de ser anacrónicos a los escritores dominicanos, la última promoción de escritores está definitivamente conectada con las formas de hacer literatura predominantes en el mundo.

Pero, la nostalgia tiene otros matices. Hay los que maldicen “saber”, el conocer esa mecánica que los aprisionó. El absorto hermoso y terrible del conocimiento deviene en pasión por el olvido y lo simple: “mis ojos no son ya mis ojos/ son dos puertas abiertas al olvido” [10]. A diferencia de René, que complejiza su nostalgia, Eduardo Díaz Guerra persigue la simplicidad y sencillez de las relaciones primarias, no es casual que la gran mayoría de sus poemas hablen de la relación hombre-mujer. Pero la mujer como la entendían los románticos, los de verdad, no los cursis. Mujer diferente a la de René, o la de Ángela Hernández, que es una mujer-problema, contradictoria como la época, con vida al margen del autor o autora o del enamorado, en fin, mujer con vida propia.

Miguel D. Mena nostalgia una ciudad de parques y áreas verdes, en la que los edificios de apartamentos no habían irrumpido en la cotidianidad de los barrios. Las chichiguas, las palomas que se posan en el cable del tendido eléctrico y una ciudad inmóvil son los elementos de la poesía de Mena. Su nostalgia, a fin de cuentas, es simple y fútil condena del progreso -vana esperanza la suya- y deseo de la inamovilidad del mundo, vida acentuada en la lentitud del tiempo rural y la negación a crecer, como manda la biología. Pero, el cambio es indetenible y no hay tiempo para llorar su aya perdida.

Toda la filosofía cabe en un bostezo (11)

Frente al inmediatismo y el presentismo reinante en la cultura occidental, potencializado por el peso que conserva “lo rural” en la dominicanidad, a pesar de que los escritores de los ochenta se han desarrollado en una sociedad eminentemente urbana, se conforma una literatura que ironiza las bases filosóficas de occidente y que apuesta por una cultura urbana, moderna o posmoderna. La ironía es parte del temperamento de los jóvenes, pero la ironía nada afirma, sólo niega, es burla inteligente que nada construye.

La razón, per se, no puede darnos una idea exacta del mundo inmediato, no puede decir el por qué duele tanto, y tantos tormentos provoca el vivir. Nada de cuartel para la razón, la realidad es lo que es, pero, no es lo que aparenta. El imaginario literario puede captar mejor lo real que la racionalidad occidental: “Esta realidad es un imberbe jugando en nuestro pecho”.[12]

La realidad es juguetona y es el juego a la vez. Los jóvenes son como el perro que juega a morderse la cola. La realidad es circular y repetitiva dice Jochi, “encuentro con las mismas otredades de las que sale uno victorioso y a las que vuelve siempre derrotado”[13].

La realidad de las instituciones sociales, el matrimonio, las relaciones de parentesco, son desmitificadas. La familia ya no es el refugio del sujeto. Los lazos de solidaridad se han roto. Las contradicciones y la crisis han penetrado en ellas. Una nueva moral hace de la infidelidad un gesto heroico. A veces, por no dañar al otro, nos convertimos en adúlteros, mentirosos[14], o simplemente escapamos a una realidad paralela.[15]

Y el amor, pregunta Aurora Arias, que como siempre llega tarde al convite, y luce un tanto despistada, ¿no puede ser un algo que nos redima?, agrega. Algunas escritoras le hacen eco: ¿No sería posible que a través de una redefinición del rol de la mujer y las relaciones entre las parejas encontremos un refugio? Gavino Severino, desde La Romana, les responde: “En su loca carrera/ hacia el orgasmo/ sus nalgas son dos monstruos/ resbalando al filo del cuchillo”.[16]

¿Qué o quién podrá redimirnos ahora?

Notas

1] Pedro Pablo Fernández. Nosotros mismos somos. Biblioteca Nacional, Colección Orfeo. 1986. Pág. 25. Si bien Pedro Pablo no pertenece a la última promoción, la de los 80, sus textos presentan la mayoría de los aspectos que sintetizan la personalidad literaria de estos: el erotismo, la música, lo lúdico, en fin el cachondeo infinito. Habrá de ser estudiado con detenimiento.

[2] Manuel García Cartagena. Reunión de poesías, poetas de la crisis. Miguel D. Mena, recopilador. Ver además, entre otros textos: Alguien vuelve a llenar las tardes de palomas de René Rodríguez Soriano, Su nombre, Julia (Alfa y Omega 1991)

[3] Amable López Meléndez. Estos días iguales, (1986)

[4] Julio Castillo. Reunión de… Ob. Cit.

[5] Manuel Llibre Otero. Anatomía de un desmayo presentido… Cuentos premiados 1988. Casa de Teatro, 1989.

[6] El juego con el espejo y el otro ha sido tratado por Ángela Hernández, José Mármol, Plinio Chahín, Julio Adames y otros.

[7] Dionisio de Jesús. La infinita presencia de la sangre, 1988.

[8] René Rodríguez Soriano. Julia, noviembre y estos papeles. Cuentos Premiados 1986, (Casa de Teatro, 1987), No les guardo rencor, papá, (Onap, 1989) y Su nombre, Julia (Alfa y Omega, 1991). Aunque Rodríguez Soriano, como poeta, puede ser analizado como perteneciente a la promoción del 70, en tanto que narrador y por el aliento de sus textos, está más cercano a los 80 que a sus coetáneos.

[9] Francisco Umbral. Las palabras de la tribu. Planeta, 1994. Pág. 248

[10] Eduardo Díaz Guerra. Nostalgia de Loris Lemaris. (Aladino, 1987).

[11] “Bostezar es uno de los pocos placeres auténticos que nos es permitido. Es condición humana, bostezar es sinónimo de libertad, de efectiva libertad. Ese acto de apariencia tan sencilla es comunión del infinito y el ser, reencuentro de lo humano con su propia naturaleza, con la metafísica. Revelación del Yo trascendental. Bostezo, luego existo y al bostezar me doy cuenta de lo infinito. Pero lo mejor del bostezo es cuando se convierte en cadena, uno sucede al otro…” Tejada Holguín, Ramón: “Así Llenamos Nuestros Espacios Temporales”. En Cuentos Premiados Casa de Teatro 1986”

[12] Reunión de poesía… Ob. Cit.

[13] José Mármol. Reunión de…Ob. Cit.

[14] Cfr. De Rafael García Romero. La sórdida telaraña de la mansedumbre, su mejor relato, en Bajo el acoso (1986)

[15] Cfr. Ángela Hernández. Cómo recoger la sombra de las flores. Cuentos premiados Casa de Teatro, 1989.

[16] Gavino Severino. Antología del colectivo de escritores romanenses. Biblioteca Nacional, 1986.

Publicado en:
1. Tejada Holguín, Ramón: Suplemento Coloquio, El Siglo. 31 de marzo de 1990. Págs. 12 y 13.
2. Revisado por el autor para su publicación en el libro escrito en colaboración con René Rodríguez Soriano: “Blasfemia Angelical”. Editora Taller, Santo Domingo, R.D., 1995.