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Santo Domingo fue objeto de la nostalgia viviente de la clase media intelectual que se estremeció cuando René del Risco, acongojado, nos dijo que "ya no es hora de contar sordas historias, episodios de irremediable llanto, todo perdido, terminado", porque la ciudad es recorrida por un "viento frío que acerca su hocico suave a las paredes, que toca la nariz, que entra en nosotros y sigue lentamente por la calle, por toda la ciudad".
Luis Días fue de los primeros en descubrir que de los Molinos ya no tiraban, que Santo Domingo era algo más que la gente que vive en Intramuros, Gascue, Ciudad Nueva, Zona Colonial, y Callejón de Regina. Esta parte
de la ciudad ha sido la más inspiradora y protagonista del arte y la literatura "serios". El Luis se tiró por los barrios calientes, amó a su corazón de vellonera contándonos de esas muchachitas que "dan ganas de llorar, de nueve y diez años en un lupanar, vendiendo la lima, la flor de un limón para que una tal Herminia viaje a Nueva York".
"Dramas" se va por las mismas vainas que el Luis, habla de ese rostro del Santo Domingo que negamos. El espectáculo teatral de Carlos Castro lo mismo nos hace vibrar acompañando al Chupibrecha a fisgar esas húmedas nalgas cobrizas por los patios metafísicos de Villa Francisca y María Auxiliadora, que marotear la manga más grande con Trebolone la
pechuga, o armar una estruendosa bazuca junto al mismísimo Carlos Cabeza.
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En una puesta en escena minimalista y efectiva, Manuel Raposo, Domis Taveras y Wallis Uribes encarnan seres humanos que sobreviven en las orillas de un poema en prosa en el que la crueldad acompaña la risa, la felicidad no está exenta de tragedia y no sabemos quién tiene más tigueraje: un brechero, una trabajadora sexual o un maroteador preso en la Victoria que espera la visita imposible de su pana de infancia.
Ramón Tejada Holguín
Perspectiva Ciudadana
El Caribe
26 de abril de 2011.