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Un canon de escritores

Ruth Herrera

En una fecha tan “antigua” como 1940 el biógrafo e historiador vienés Stefan Zweig se quejaba en una entrevista del “mundo tan trivial” que estaba viviendo. (Hoy deploramos el hombre “light” y las chicas “plásticas”). Empezaba la Segunda Guerra Mundial y Europa era removida de pies a cabeza, en los campos de batalla y, no menos grave, en sus certezas. Zweig afirmó que, ante las grandes transformaciones sociales que empezaba a experimentar el mundo, bastaba con escribir fielmente la crónica de lo vivido por cada escritor, “…tenemos el deber, por encima de todo, de rendir testimonio de lo que ha pasado en nuestro tiempo”.

Mucho antes, entrevistado en 1889, Mark Twain dijo que no gustaba de los libros de ficción o de historias. “Lo que me gusta leer son informaciones estadísticas de cualquier tipo”. Datos y hechos es lo que le interesaba, para luego distorsionarlos. Al autor de las inolvidables aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn por el Mississippi, su lugar de nacimiento, le preguntaron cuánto de esas vidas era autobiográfico. Twain, que ejerció montones de oficios, señaló que en ninguna autobiografía “genuina” dice el autor la verdad. “No forma parte de la naturaleza humana escribir la verdad sobre sí misma”.

Eso de conocer datos y hechos para luego distorsionarlos no es lo que predicaba Émile Zola, novelista francés que amaba aplicar la precisión matemática en sus novelas. A Zola le criticaron por el realismo con que describía los vicios humanos y las condiciones sociales. (Un principio del periodismo, ser fidedigno). En su tiempo fue testigo de la guerra franco-prusiana de 1870-1871, tema de varios de sus libros, uno de ellos titulado El desastre. Cómo lo preparó, le preguntaron en 1893. “Bueno, del mismo modo que mis otros libros. Viajé a la mayoría de los campos de batalla que describo”, respondió.    

El ingenioso y mordaz Oscar Wilde, aclamado dramaturgo, años antes del nacimiento del siglo XX ya advertía sobre cómo mientras más se interesaba el público por los artistas, menos lo hacía en el arte. “La personalidad del artista es excesivamente accidental”. (¿Suena familiar? Suena a presagio: más de 100 años después, los amoríos y los atuendos de las estrellas del cine y la música opacan la valoración de su arte). Wilde, para quien el arte estaba llamado a ocasionar placer tanto como dolor, repetía que “la obra de arte debe dominar al espectador, no el espectador al arte”.      

Francis Scott Fitzgerald escribió lo que vivió: los años despreocupados del jazz y la vida de las clases acomodadas norteamericanas y los arribistas nuevos ricos, en la década de 1920. Su época de oro, como escritor, se inscribe ejemplarmente en la época. Pero Fitzgerald, por diversas razones, conoció muy pronto la “desintegración de su personalidad” y el derrumbe de su entorno. En este escenario, afirmó su regla, su ideal, para una entrevista en 1936: “Un escritor como yo ha de tener una profunda confianza en sí mismo, una inmensa fe en su buena estrella, una sensación de que nada puede ocurrirle, nada puede dañarle, nada puede afectarle”.

Y Hemingway, entrevistado en 1958 desde su casona fuera de La Habana, se la pasó hablando de pesca y de bebida, imperativos de su vida. Al Nobel de 1954 le hicieron la predecible pregunta (ese afán de lectores y periodistas por encontrarse y reconocerse, y a sus semejantes, en la ficción…), de quién era el personaje de su famosa novela corta El viejo y el mar. Dijo: “El viejo no es nadie en particular. Eso es una estupidez. La historia es pura ficción”.


Un libro de entrevistas sirve para conocer la historia, sondear el alma humana, acercarnos de primera mano a los que han hecho Historia. Te presento los siguientes:  

Las grandes entrevistas de la historia
Christopher Silvester (editor)
Escritores, políticos, actores y actrices, historiadores, presidentes, examinados desde su esplendor o desde su decadencia.

Entrevista con la historia
Oriana Fallaci
La extraordinaria periodista italiana disecciona a 26 grandes políticos –“monstruos sagrados”- que protagonizaron las noticias en los años sesenta y setenta.

Hablando con el diablo
Riccardo Orizio
Entrevistas con los terribles dictadores de los ochenta y noventa: Amín, Bokassa, Mengistu, Hoxha, Milosevic, Jaruselski y hasta Baby Doc Duvalier. 

Over visto desde Maya Angelou

Ruth Herrera

Empecé a conocer “I Know Why the Caged Bird Sings” de Maya Angelou (‘yo sé por qué canta el pájaro enjaulado’, o el pájaro en su jaula) después de terminar la labor editorial de la nueva edición de “Over” para Alfaguara. Teniendo fresco el argumento de este clásico dominicano moderno fue inevitable encontrar parentesco y puntos de contacto entre el libro autobiográfico de la escritora estadounidense y el testamento ideológico que es la novela de Ramón Marrero Aristy.

Maya –no hay manera de no llamarla por su nombre – es poeta, educadora, artista polivalente, activista de los derechos civiles. Creció en Arkansas, en la década de 1940, en medio de los campos de algodón. Fue una niña negra del Sur que creció sufriendo la implacable segregación racial impuesta por los blancos, consciente además de estar fuera de lugar, como dice en este su primer libro, de 1969.

Marrero Aristy, periodista, escritor, funcionario público y disidente durante el trujillato, publicó su novela en 1939. A través de Daniel Comprés, su protagonista y álter ego no confeso, cuenta un ciclo de zafra bajo la brutal explotación laboral que sufren los obreros de la caña por parte de las empresas azucareras de capital extranjero, despojados además mediante el ‘over’, el sobreprecio que han de pagar por las ínfimas provisiones que compran.

Son dos relatos sobre la opresión y discriminación, racial y económica. Maya y Marrero (Daniel) Aristy son escritores-protagonistas que a través de la palabra escrita y por la poesía recorren un camino de redención, de denuncia y testimonio. En ambos casos la vida es determinada por la tierra, en plantaciones de caña o de algodón, por el miserable jornal de los trabajadores y la imposibilidad de salir del círculo de la pobreza; la ausencia de la madre dejará su impronta, y una bodega y una tienda de provisiones serán medio de subsistencia y atalaya para tomar distancia y convertirse en testigos, a la par que víctimas, del sufrimiento que causan la codicia de los hombres y un sistema excluyente. Aunque el balance final será muy distinto en cada caso.

Dice Maya, p. 9: “Y les esperaba otro día tratando de ganar lo suficiente para todo el año, sabiendo con toda certeza que iban a terminar la temporada como la empezaron. Sin dinero ni el crédito necesario para mantener a la familia por tres meses. En la época de recolección del algodón la caída de la tarde revelaba el rigor de la vida de los negros en el Sur, que temprano en la mañana era atenuado por las bendiciones de la naturaleza: somnolencia, olvido y la suave luz de las lámparas”.

En “Over” leemos, pp. 101 y 165: “La zafra tiene más de cien días. Los trabajadores que la vieron llegar, llenos de alegría, se van convirtiendo en sujetos indiferentes que realizan su trabajo sin esperanzas. Todas las mañanas, antes de salir el sol, desfila la turba harapienta, maloliente –con un hambre que no se le aparta jamás-, camino del corte, como una procesión de seres sin alma. […] Se fue la máquina con su melena de humo negro, y se los llevó a todos, gastados, sin dinero, decepcionados hasta el año que viene, o hasta más nunca tal vez”.

Ramón Marrero Aristy murió asesinado a los 46 años por el siniestro régimen dictatorial al cual sirvió. Daniel Comprés deja el ingenio y sale a la noche, con un destino definitivamente incierto. Maya todavía vive. La violación sexual que sufrió a los 8 años no le torció una senda hacia una vida plena, creativa, inspiradora, remontando, con el espíritu de lucha y resistencia de sus hermanos negros, las edades oscuras del siglo XX.

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Sigue leyendo pequeñas y grandes gestas heroicas de luchas por los derechos humanos

Over
Ramón Marrero Aristy
El valor del trabajo del obrero frente a la explotación del capital que además es extranjero: ideas marxistas se plasman en la novela dominicana.

La isla bajo el mar
Isabel Allende
La insurrección de los esclavos negros contra el cruel régimen colonial francés fue un momento cumbre de la lucha de hombres y mujeres por su dignidad.

I Know Why the Caged Bird Sings
Maya Angelou
Aun desde su jaula, canta, a pesar de las circunstancias y los designios de los dioses malos, porque tiene la fortaleza para reír y realizarse.
  
Ruth Herrera
Revista U. 
Agosto 2011.

El ruido de las cosas al caer

Esta novela, ganadora del premio Alfaguara 2011, del colombiano residente en Barcelona Juan Gabriel Vásquez, se describió en el acta del Jurado como  “el viaje de un hombre que busca en el pasado una explicación de su situación y la de su país. Una lectura conmovedora sobre el amor y la superación del miedo”. La muerte a tiros de alto calibre de un hipopótamo, en 2009, que perteneció al parque de atracciones de Pablo Escobar, aquel tristemente famoso pionero de los carteles del narco colombiano, es el detonante para que Antonio Yammara empiece contar.

Años atrás, 1996, en un billar cualquiera Yammara había conocido a Ricardo Laverde, y pronto advierte  que “este hombre era otro hombre antes”. Entablan una tímida y breve amistad, suficiente para dejar  pistas y consecuencias para que luego Yammara, abogado recién graduado y dedicado a la docencia, se obsesione con averiguar la historia completa. Una historia que se remonta a finales de los años sesenta y que conocerá a través de Maya, la hija de Ricardo y Elaine.

Laverde es nieto de un piloto militar, héroe de una modesta guerra regional, quien le hereda el sueño de la aviación. Pero sus tiempos son otros y las misiones aéreas encomendadas a Ricardo serán de muy distinta índole. ¿Cómo llega Ricardo adonde llega? Que es a dominar los aterrizajes nocturnos de aviones ligeros en pistas clandestinas; a conocer itinerarios, vientos y distancias; a camuflar la carga que reportará miles de dólares en su etapa de la marihuana, para pasar a los millones con la pasta de coca; Ricardo que afirma “me necesitan, me he vuelto indispensable, esto no ha hecho más que comenzar”.

Empieza cuando Ricardo se enamora perdidamente, casándose con ella, de una “gringa”,  Elaine –Elena, como la llamará– Fritts, que llega a Colombia como voluntaria del Cuerpo de Paz. “Aterriza en Bogotá dispuesta a varios clichés: tener una experiencia enriquecedora, dejar su huella, poner su granito de arena”. Los capítulos dedicados a Elaine, dos de seis, resultan de alto interés para aquellos que siguen el lado oscuro y hasta nefasto de las relaciones de EEUU con nuestros países.

Ciertos voluntarios ya “veteranos” del Cuerpo de Paz, formados en agricultura, ayudaron a los campesinos a mejorar la siembra de la marihuana (particularidades de la planta, suelos propicios, abonos) y otros se hicieron expertos en químicos para convertir la pasta de coca en el polvillo blanco por el que pagaban lo que fuera en las grandes ciudades de Estados Unidos. Fueron veteranos los que se ocuparon de trazar y poner en marcha las primeras rutas de entrada del producto a territorio norteamericano, a través de Bahamas.

“Le damos a la gente lo que la gente quiere”, le dijo Ricardo a Elaine, restándole peligro a sus viajes. Ella se preocupaba por lo que pasaría si lo atrapaban. Ya Nixon había declarado la guerra a las drogas y la DEA había sido creada. Y así empezó a cambiar el mundo y Colombia, donde los atentados y asesinatos de jueces, políticos y periodistas a partir de 1984 le hicieron conciencia a la generación que creció en esa década –a la que pertenecen Antonio y Maya– de que “la guerra también era contra nosotros”.

Y hay mucho más. Las referencias culturales de época no se ahorran el inevitable guiño a Cien años de soledad por parte de un autor colombiano. Guiño, homenaje o pateadura, es delicioso leerlo con una perspectiva 40 años. Alude a una novela que había salido hacía un par de años pero seguía vendiéndose, un libro que le regalan a Elaine y lo encuentra “tedioso, difícil de leer porque todo el mundo se llama igual” (p. 161). 

Ruth Herrera
Revista U
Julio 2011

Cuando gobiernan las mujeres

“El país de las mujeres”, de Gioconda Belli, es una novela de tesis que plantea cómo sería un gobierno encabezado y gestionado solo por mujeres. No cualquier tipo de mujer, sino las que  ponen por delante el modo de pensar, sentir y hacer de las mujeres, sin medias tintas ni vergüenzas.  

Las protagonistas son cinco amigas lideradas por Viviana Sanzón (no es casual la escogencia de sus nombres), figura estelar de la televisión de Fraguas, el país de tres millones de habitantes donde se lleva a cabo el experimento. La idea les surgió de la indignación ante las cosas mal hechas por los políticos habituales: corrupción, robo y desfalco al Estado, imperio del narcotráfico, impunidad, desorden, abusos a menores, violencia contra las mujeres,  delincuencia, basura…



Utilizando los mecanismos propios del sistema democrático, formaron el PIE, Partido de la Izquierda Erótica –‘Izquierda’ por el gancho zurdo que proponen meterle a la pobreza y a la corrupción; ‘Erótica’ porque Eros significa ‘vida’, que es el valor que prometen conservar y cuidar; ‘PIE’, entendido como el sostén para caminar hacia adelante y avanzar–, y fueron a elecciones. El emblema del partido consta de dos piecitos andando.

¿Cómo se ganaron a la gente y se dieron a conocer? Con una campaña nada convencional, provocadora y diferente. Viraron a su favor los estigmas más recurridos para apartar a las mujeres de la vida pública. Por ejemplo, adentro de los pañales pusieron este mensaje: “El país está más cagado que tu hijo. Da el primer paso, ven con el PIE…”; en los paquetes de toallas sanitarias, este otro: “Los hombres sangran en las guerras. Nosotras sangramos todos los meses para la vida. Da el primer paso…”.

En el plano de la acción política, hicieron cordones de embarazadas alrededor de las instituciones más corruptas e impunes, y caminatas en los barrios pintando las uñas de los pies a las mujeres… Viviana, Eva, Ifigenia, Rebeca y Martina decidieron poner en su justo lugar, acogiendo a los hombres con vocación de maternidad, la capacidad de procrear y cuidar a los hijos; apostaron a expresar sin tapujos el llanto, la sensibilidad, la inseguridad, el sentido práctico, por las cualidades típicamente femeninas.   

Pero también hubo un elemento providencial que contribuyó a apaciguar los ánimos de los varones (¿por qué esta muleta, Gioconda, por qué?): la explosión del volcán Mitre cuyas posteriores nubes de polvo y gas tuvieron el efecto de reducir los índices de testosterona masculina. Los hombres se amansaron durante dos años, el PIE triunfó y arrancó su singular gobierno.

Con el PIE en el poder empezaron los anunciados cambios. Basaron su economía en el cultivo y exportación de flores, en la siembra intensiva de granos para tener seguridad alimenticia, en el turismo verde y en la venta de oxígeno –los bonos de carbono– a empresas de países altamente industrializados y contaminantes. En un momento dado decidieron, con gran valentía, sacar a todos los hombres de los puestos públicos ya que de alguna forma ponían trabas y objeciones a las iniciativas de las mujeres. Hubo serias consecuencias pues obviamente los otros no quedarían de brazos cruzados.

La novela resulta esquemática en su desarrollo, por centrarse en contar cómo sería un gobierno de mujeres. Pinceladas de la vida privada de las protagonistas se encuentran, apenas lo justo para sostenerlas dentro de su marco de ficción. Diversos “materiales históricos” insertados a lo largo del libro aportan variedad y verosimilitud a la narración (interrogatorios policiales, pliego de reformas democráticas, recortes de prensa, manifiesto del PIE, un mail, un post de blog…)

Es bonito hacer un alto, leer “El país de las mujeres” y soñar con otra sociedad. 

Ruth Herrera
Revista U
Junio 2011

Ojos castaños…



Esta novela es una cadena de sorpresas y giros inesperados. Por eso se hace cuesta arriba ofrecer una reseña apropiada: se corre el riesgo de estropearles la lectura a los lectores y lectoras filtrando demasiadas pistas. (Aunque también ocurre hoy día que el placer de un libro no necesariamente descansa en lo que vamos a descubrir por nuestra propia cuenta, sino en revivir y ampliar la experiencia de lo que alguien nos adelantó, constatando uno mismo si dijo bien o no entendió nada).

El secreto de sus ojos, del argentino Eduardo Sacheri (Alfaguara), es un policial de múltiples enfoques y baja intensidad. Hay crimen y castigo –con perdón del maestro Dostoievski, el sentimiento de culpa, la conciencia atormentada, el arrepentimiento, brillan por su ausencia- , y pesquisa judicial. Una historia de amor incipiente, más bien de dos amores en paralelo: uno destinado a troncharse tempranamente; otro abonado en silencio, incubando el sentimiento, pendiente de materializarse.

La coyuntura política, dispuesta en trazos sutiles, extiende el telón de fondo. El tiempo de los regímenes militares argentinos de finales de los años sesenta y principios de los setenta -los políticos presos y los presos políticos, los tejemanejes extrajudiciales-, resultará determinante para el curso de los hechos. Los personajes no son prototipos, se les perfila a profundidad, con sus contradicciones, miserias, noblezas, altruismo. Los modismos argentinos impregnan el habla de los personajes: véanse los vos-pelotudo-boludo-laburo-prolijo-curda-tranca y acentos una sílaba más allá de nuestra usanza (mandala por mándala, suponés por supones, mirá por mira).

¿Qué nos cuenta este libro? Benjamín Chaparro, prosecretario retirado de los tribunales de investigación criminal (una especie de fiscal que instrumenta casos), se jubila y decide sentarse a escribir una historia que empezó 30 años atrás con el asesinato de una muchacha recién casada, caso que le tocó investigar para reunir las pruebas e instrumentar el expediente. La novela de Chaparro cuenta este proceso, cómo escribe su historia y decisiones que tiene que tomar como escritor.

Hacia la página 186 del libro, y tiene 315, parecería que todo ha terminado: Chaparro “ha contado el crimen, la pesquisa y el hallazgo. El malo está preso y el bueno está vengado”. Pues resulta que no, falta un atado de páginas que traen más revelaciones, horror, ironía, humor. Urge seguir.

La estructura formal superpone planos temporales y voces narrativas: una es Chaparro, quien lleva la ficción dentro de la ficción; la segunda, omnisciente, es como un testigo de confianza, relata con distancia de por medio lo que aquel no se atreve a admitir para sí mismo, mucho menos a decirnos a los lectores, como es su amor callado por la doctora, sus flaquezas, sus metidas de pata.

En la galería de personajes aparece Ricardo Morales, el inminente viudo cuya vida cae en el vacío al perder a su esposa y ella era lo mejor que le había pasado en su vida gris, como un instante de luz, color y alegría; Isidoro Gómez, el escurridizo y frío asesino que va a la cárcel; estas son dos vidas como reversos de una moneda: “es la misma, pero vista del otro lado, vista al revés, o algo así”, unidas más allá de lo que imaginamos; Báez, el policía serio y meticuloso; Romano, el secretario judicial corrupto y vengativo; Sandoval, el ayudante sagaz y beodo, oportunísimo en su intervención...

Y por fin, ¿qué pasa con los ojos? Los ojos acallan palabras, interrogan en silencio, mandan mensajes que parecen indescifrables. Acaso sea cuestión de poner atención e interpretar al otro.

Ruth Herrera
Abril 2011
Revista U

Fundando facebook

Los “geeks” son la versión actual de aquellos entrañables “nerds” de los ochenta. Salvo que los geeks, estos obsesos de la computación, llegan a multimillonarios siendo muy jóvenes, con todo y chancletas, shorts a la rodilla a cero grados, suéter de algodón con capucha. Son inexpresivos, lacónicos, poco sociables. Blancos como la leche y fallidos con las chicas. Brillan sus cerebros y corta su humor. Dominan absolutamente los algoritmos. No respetan reglas, su naturaleza es la del pirata informático. Capaces de rechazar un millón de dólares del gigante Microsoft, cuando están en la secundaria, por un programa que arma solo listas de favoritos de usuarios de MP3. Pero defienden a rajatabla, contra cualquier amenaza, su creación.

Sí, algo así es Mark Zuckerberg, el motivo para escribir “The Accidental Billionaires. The Founding of Facebook”, disponible también en español. Algo así porque, como advierte su autor, Ben Mezrich, desde el inicio, el famoso joven prodigio nunca accedió a conversar con él para hacer este libro, y se nota.

La historia se construye desde la óptica (objetivos, sueños, sentimientos) de Eduardo Saverin, migrante desde Brasil, amigo inicial que proveerá los primeros mil dólares, y más luego, para el arranque de facebook, en sus afanes por entrar al Club Phoenix; de los bellos gemelos Winklevoss, Tyler y Cameron, atletas de alto rendimiento, de familia rica y tradicional, con un proyecto similar –uno de tantos que proliferan en las universidades de elite-, Harvard Connection, a la búsqueda de un programador, y de Sean Parker, el emprendedor fashionista de Silicon Valley, creador de Napster y Plaxo, quien olfatea el aire para dar con su siguiente ventura empresarial. Junto a su admirado Parker, Zuckerberg empezará a pensar en grande y tendrá acceso a los capitales (de riesgo) para hacer crecer la incipiente empresa.


Un drama entretenido y ágil, tiene fuerza y garra aun sin profundizar en historias privadas, porque escarba en las grandes pasiones humanas. Una mirada intensa y explícita a los orígenes de la empresa que cambió el modo de relacionarnos. Facebook, en su origen, resumió el meollo de la experiencia universitaria: pertenecer a un “club” en el que amigos y conocidos comparten y curiosean sus actividades e intereses, estado actual y fotos sin salir de una habitación, y, si es posible, llegar a tener sexo.

Quizá facebook sea una especie de búsqueda, una más, de la eterna juventud.

Ruth Herrera
Revista U
Febrero 2011

La historia de H

Ruth Herrera, compañera y amiga del alma, inicia sus colaboraciones a "Desde el País de Alicia", con este texto sobre la novela de Antonio Benítez Rojo "Mujer en traje de batalla". La tendremos durante el próximo mes todos los viernes. Luego, sus colaboraciones saldrán el último viernes de cada mes. Sus textos se publican en la Revista U.

Firmado: El conejito blanco.


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Ruth Herrera

Empezaré por la historia de Henriette Faber, nacida en Lausana, 1791. Fue una mujer que rompió esquemas, empuñó el bisturí quirúrgico y calzó botas de guerra en las primeras décadas de 1800, al servicio del gran ejército de Napoleón, quien pretendía extender su imperio por Europa y Rusia.

A Henriette la crió su tía Margot, de cuyo ejemplo aprendió sus “únicas” virtudes –es ella quien lo afirma-: perseverancia, resistencia física y capacidad para tomar decisiones en momentos adversos. También le agradecerá las lecciones de equitación, imprescindibles posteriormente. Una y otra vez, a lo largo de casi 500 páginas, hará galas de esta dote.

Era alta y agraciada; cuando decidió hacerse pasar por hombre para entrar a la escuela de medicina –vedada entonces a las mujeres- sería de rostro barbilampiño. Enamorada hasta la médula de un oficial de húsares de la Grande Armée de Napoleón, quiso seguirlo y muy temprano su vida se enrumbó hacia los campos de batalla, a tono con la época.

Más tarde regresaría a los cuarteles, ahora varón reclutado como cirujano asistente. Anduvo a la sombra del tío Charles, también cirujano, modelo, mentor, protector, amigo, compañero de tropa.

En las campañas perfeccionó el ejercicio de la medicina, halló otros amores -sin distinción de sexo-, curtió su alma de horrores. Smoliensk, Moscú, Borodino, el cruce del Berezina: una carnicería sin fin bajo el opresor manto de la nieve y el frío implacable. Ciudades desiertas, humeantes escombros, fatiga extrema; hombres mutilados y extenuados, reducidos a puro instinto animal…

“Mujer en traje de batalla” es el libro del narrador cubano Antonio Benítez Rojo, quien cede la palabra a su protagonista para que cuente sus memorias. Así mismo se titula un hipotético lienzo encontrado a la orilla de algún camino por Henriette, quien lo consideró “algo entrañable que me había pertenecido, que había perdido sin saberlo y ahora regresaba para anunciarme que su destino marcharía junto al mío”. En él figura una mujer joven, de perfil, vestida con chaqueta roja.

Tiempo después, atendiendo una invitación de Maryse, su gran amiga, llegó a Cuba como el doctor Enrique Fabel. Allí la mujer que tomó por esposa la desenmascaró y la denunció, a pesar de que Fabel le había revelado su verdadera identidad. Sufrió cárcel y un duro proceso judicial. El recuento termina en Nueva York; no se sabe dónde pasó el resto de sus días.

Ruth Herrera
Revista U
Febrero 2011

En el corazón del mito americano existe el mito dominicano

Ruth Herrera, editora de Alfaguara, hizo una larga entrevista a Junot Díaz, pero por razones de espacio se publicó una versión reducida, corta, en el Listin Diario. La entrevista completa no tiene desperdicio. Gentilmente Ruth me ha permitido publicar la entrevista in extenso en este País de Alicia.

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Junot Díaz:
“En mi novela el fukú no toma las decisiones por nadie. Solo hace horribles las consecuencias de las malas elecciones.”

“¿Para qué sirve nuestro privilegio si no tratamos de ayudar a la sociedad que hace posibles esos privilegios?”

Entrevista a propósito de la publicación dominicana en Alfaguara de La breve y maravillosa vida de Óscar Wao, premio Pulitzer 2008

Ruth Herrera

SANTO DOMINGO. No sé cómo suena su voz (esto va por la web); sí oigo sus palabras escritas, duras, suaves, neutrales, de doble sentido. Palabras… Lo dijo en una entrevista (una de sus tareas frecuentes en estos días, concederlas): el inglés es brutal, y es el idioma en que escribe; el español es íntimo, y es el que no domina. Si vamos a juzgarle por sus palabras, por sus historias, Junot Díaz, el dominicano que logró un premio Pulitzer por su novela “La breve y maravillosa vida de Óscar Wao” (Alfaguara, 2008), parece un hombre contradictorio, inmerso en el conflicto, en la desazón, en medio de dos razas. O es, sencillamente, un escritor exigente consigo mismo, que hurga en sus personajes y los exprime hasta sus últimas consecuencias, y es lo que refleja.

[Días después, tras un par de jornadas con Junot. Le he oído responder a todo tipo de interlocutores: los que se quedan en la superficie y lo baladí, los que comentan a fondo y sintonizados en los laberintos de la creación. Él no deja pregunta sin respuesta, alguna vez calla de golpe porque va a revelar demasiado. Y resultó que el español le sale con mucha fluidez y soltura (que sí, que lo machaca, que sí, que lo salpica de muchos coños y vainas), aunque luego de muchas horas usándolo, en medio del cansancio, prefiere el inglés porque el español se le está “desintegrando”. Lo que no decae nunca son sus criterios, sus convicciones, su dedo que señala. Esta es la entrevista completa que sostuve con él y que, por razones de espacio, no salió así en el Listín Diario.]

P. ¿Está bien que te entreviste de tú? [Luego de conocerlo, te das cuenta de lo inútil de la pregunta, pero él siempre da buenas respuestas.]
R. Preferiría estar bailando, pero es mucho mejor que estar corrigiendo exámenes. Todavía estoy sorprendido y agradecido de que alguien quiera hablar conmigo acerca de cualquier cosa.

P. De tu primera infancia en Villa Juana a enseñar escritura creativa a las “mentes brillantes” del MIT, dime una sola cosa que has sacado o aprendido en este tránsito.
R. Es una pregunta enorme. Imagino que si algo he aprendido es que me llevo mejor con los jóvenes y los viejitos. Y que si alguien puede hacerte sonreír o lograr que la esperanza vuelva a tu vida, es un joven o un viejito.

P. Viviste una parte de los Doce Años de Balaguer en Santo Domingo, además tu padre fue militar en ese entonces. ¿Puedes relacionar alguna vivencia infantil con tu postura de adulto muy cuestionadora frente a dicho gobernante, que también se plasma en Óscar Wao?
R. Una cosa especial sobre los 12 años era la música. No sé por qué, pero los gobiernos opresores sacan la mejor música de las comunidades que oprimen. Adoro la música de ese período. Mi madre siempre la ponía en nuestro apartamento en New Jersey. Cuando pienso en ser feliz, en estar en casa, recuerdo esos álbumes que ella ponía. Hay, por supuesto, un lado oscuro en mis memorias de los 12 años. Era un niño en Santo Domingo y vi el cuerpo de un pobre izquierdista a quien habían asesinado en plena calle y recuerdo que la policía ni siquiera se molestó en cubrirlo. Se paraban sobre el cuerpo riéndose. La música y la risa guiaron mi mano mientras escribía esta novela.

P. Ya has aclarado que los diez años entre Drown y Óscar Wao se debieron a que escribes muy despacio y aplicándote la extrema autocrítica, por la que botas cualquier cantidad de páginas escritas si no te complacen. Con todo, y con el compromiso de una siguiente obra, ¿fueron angustiosos esos años, qué monstruos tuviste que liquidar?
R. Sí, fueron años duros. Estaba deprimido gran parte del tiempo, pensé que nunca iba a terminar la novela. Pero también hubo buenos momentos. Tuve la oportunidad de viajar. Fui a Japón, viví seis meses en Amsterdam, un año en México. Fui dos veces a Cuba y dos a Australia. Conocí a Juleyka Lantigua (la sobrina de Dr. Rafael Lantigua) y a Tony Capellán, el más grande artista dominicano vivo, y ambos son mis amigos entrañables. Aprendí mucho sobre mí mismo. Es fácil ser buena gente cuando todo te sale bien, pero es difícil ser amable y agradable cuando todo lo que intentas termina en el zafacón. Aprendí a ser humilde. Una persona no puede parecer sencilla cuando está siendo entrevistada o cuando está en una gira de promoción de un libro, pero créeme, pasa diez años escribiendo una novela y aprenderás algo sobre la humildad.


P. Has comentado que Óscar Wao te llegó a la cabeza en una noche de tragos mexicana, pero, ¿te llegó el nombre, derivado del escritor Oscar Wilde, o el personaje que resultó?
R. Como dije: estaba viviendo en México. Debería haber estado viviendo en República Dominicana pero necesitaba alejarme de la familia, de todo, así que me mudé al Distrito Federal. Quería estar donde Diego y Frida y Trotski y el Che y Pichirilo habían bebido tequila. Viví en un apartamento con fundas de basura por cortinas y todo lo que escribía era basura. Una noche que estaba con unos amigos (la mexicana de la que estaba enamorado no estaba, así que me sentía deprimido) la idea me llegó de repente. Shazam. Todo me vino aquella noche. El nombre de Óscar. Su carácter. Su familia De León-Cabral. Después de esa noche todo lo que tuve que hacer fue encontrar cómo contar la historia, y entonces, contarla. Eso me tomó ocho años.

P. ¿Trabajas con un plan o le dejas cancha a la improvisación?
R. Siempre tengo un plan. A la mayoría de la gente no le importa o no lo creería, pero la estructura de Óscar Wao es bastante compleja y requirió gran cantidad de ajustes. Mi inspiración (estructuralmente) vino de la película Zardoz y del ouroboro, la imagen mítica de una serpiente que se come su propia cola. De modo que sí, hay mucho trabajo puesto en esta vaina, pero también me esfuerzo en que mi trabajo se sienta espontáneo, improvisado. Como dijo Frank Sinatra una vez: Si pueden notar que estás trabajando es que no te estás esforzando lo suficiente.

P. En un momento del proceso editorial con esta novela, señalaste lo que parecería una obviedad: Óscar Wao es ficción, no un libro de historia dominicana. Sin embargo, la narración de episodios y la recuperación de ciertos personajes de la historia dominicana construyen fuertes contextos y permiten trazar jugosas comparaciones en la novela. ¿Qué pretendes de la historia puesta al servicio de la literatura?
R. La historia ES una forma de literatura, de ficción. Si digo algo más estaré diciendo demasiado. Y sonaré más tonto de lo usual. Mejor nos lo ahorramos.

P. ¿Y de dónde sale esa imagen postmoderna de Trujillo cayendo bajo las balas de sus matadores como un Tony Montana?
R. Vino de uno de mis parientes que, hablando sobre la muerte de Saddam Hussein, comentó: por lo menos Trujillo murió como un hombre. Fue una típica declaración machista, pero también me hizo reír e inspiró la descripción tipo Matrix de su muerte. El narrador Yunior odia a Trujillo pero por lo menos tiene que reconocer que el tipo mostró cierta valentía personal. Independiente de toda su maldad, al menos tuvo eso.

P. En Santo Domingo hay muchos libros que cuentan los horrores del trujillato y también, aunque menos, del balaguerato, y se leen con avidez. ¿Qué quisiste decir, entonces, con que a los muertos (a esos muertos) hay que envolverlos “en algo medio cursi, en un paquete lindo”, para que la gente los abra [en una entrevista para la revista Qué leer, de España]?
R. Pero ¿qué generación está leyendo esos libros? No veo que a ninguno de esos jóvenes del Colegio Santo Domingo, del Carol Morgan, del New Horizons les importe un carajo lo que pasó durante el trujillato parte 1 ó 2 (que es como siempre he pensado de los 12 años). A pesar de la obsesión con Trujillo en ciertos sectores de la comunidad dominicana, hay una generación completa de jóvenes hartos de escuchar sobre Trujillo. Mi proyecto fue cómo retar a ese grupo que acostumbra leer libros sobre Trujillo y cómo atraer a quienes nunca leerían un libro de Trujillo aunque su vida dependiera de ello. Leerían Harry Potter, ¿pero sobre el tipo que mató a sus abuelos? ¡No way!

P. En el caso de Óscar Wao, y luego de conocer algunos de tus libros favoritos (Texaco, Akira, Ceremony, Dhalgren, Dune), tu narrativa parece en cierta medida construida a partir de la experiencia de un escritor-lector.
R. Del mismo modo que República Dominicana no puede imaginarse sin música, sin béisbol, sin su particular genio implacable, yo no puedo imaginarme sin la literatura. Todos tenemos formas de sobrevivir a nuestra niñez. Mis hermanas eran hermosas y ellas sobrevivieron esa etapa por su belleza y haciendo que todos los muchachos se enamoraran de ellas. Mi mejor amigo sobrevivió siendo sobresaliente en la escuela, siendo el mejor estudiante de todos. Mi amigo Petey (el boricua más blanco del mundo) logró salir adelante jugando béisbol. Yo sobreviví leyendo libros. Cuando leía un libro mi cara fea, la pobreza de mi familia y la promesa rota de Estados Unidos se alejaban. Finalmente ese mecanismo de escape (la lectura) llegó a ser algo más. Llegó a ser mi vida. O tuve suerte o me jodí. Depende del punto de vista.

P. Resulta que la novela sobre un nerd, perdedor, feo, negro, impopular, de futuro incierto, gusta, se lee muchísimo y gana premios literarios. ¿Qué habría dicho Óscar?
R. Es como una novela acerca de un país pequeñito del Caribe que gana el premio Pulitzer. Difícil de creer, ¿no? No estoy seguro de que Óscar hubiera dicho algo. Aunque habría pensado esto: a la gente no le molesta LEER sobre un nerd gordo, feo, de piel oscura. Lo que no quieren es invitarlo para salir a bailar.

P. Óscar Wao y Junot tienen en común un origen y una migración, una raza, una sensibilidad, unos gustos literarios. ¿Qué más hay de autobiográfico en esta novela?R. Solo para fines de record: Óscar nació en Estados Unidos. Yo no. Óscar es de una familia dominico-norteamericana de clase media con raíces de clase alta. Yo soy de los pobres de Baitoa y Estebanía. ¡Mi familia pasó toda la década de los ochenta a base de cupones de alimentos y bienestar social (¡y se preguntan por qué mis hermanos y yo trabajamos tanto!). Pero para contestar tu pregunta: no hay mucho de autobiografía en esta novela. Se desarrolla en NJ pero no en la parte de NJ donde crecí. Cuando era joven también estaba obsesionado con levantar pesas como Yunior, pero solo tomé esteroides un par de veces. Lo más autobiográfico de esta novela es que todos los personajes jóvenes pertenecen a esta clase de juventud dominicana que no se ve en la propaganda turística: listo, culto, “raro”. Los ‘freakis’, los ‘cool’, los ‘nerdos’. Óscar pertenece a este grupo, y lo mismo le pasa a Yunior, a Lola y a muchos de los niños dominicanos con los que crecí. Nosotros no éramos los típicos “dominicanyorks”, ¡y vaya que nos lo dejaban sentir nuestros pares!

P. Tus personajes femeninos convencen. La Inca, Belicia y Lola, las principales. Tal como le preguntan a las escritoras –que se fastidian– cuando crean buenos protagonistas masculinos, ¿cómo te metiste en el ser de tres mujeres de distintas épocas y mentalidades?
R. No soy como algunos de mis “brothers” dominicanos que viven fuera del país. A mí realmente me gusta la mujer dominicana y he estado con ellas toda mi vida. Si tú pasas cada día de tu vida rodeado de mujeres dominicanas, cada día (incluso cuando vivía en Amsterdam estaba saliendo con una dominicana), eventualmente eres capaz de escribir de ellas como personajes. Pero solo si trabajas muy duro y todas tus amigas dominicanas te ayudan a corregir todos tus errores. Pero fue mi niñez con mis dos hermanas, una que se escapó y otra que permaneció, lo que tuvo un impacto enorme en mí.

P. La frase final de la novela evoca otra muy parecida de una novela adaptada al cine en 1979, con mucho éxito.
R. Fue un homenaje en reversa a Joseph Conrad. Su protagonista, Marlowe, viaja al Corazón de las Tinieblas para descubrir “the horror, the horror”. Óscar viaja al Corazón de las Tinieblas de su familia, Santo Domingo, para descubrir “the beauty, the beauty”.

P. ¿No te importa desvelar el final de tu novela?
R. No.

P. En un punto de la novela, Lola, la hermana de Óscar, dice que somos “diez millones de trujillos”. ¿Comparte el autor este criterio?
R. A veces, sí. La mayor parte del tiempo solo pienso que estoy feliz de haber nacido en esta comunidad y no en otra.

P. Algunos lectores de Oscar Wao ya están ubicando a Junot Díaz como un escritor del neo-pesimista dominicano. ¿Cuál es tu visión sobre el país dominicano?
R. ¿De verdad? Esa es una opinión que no comparto. Quizá fumé mucha hierba cuando era joven, pero siempre me he considerado un optimista y creo que la novela, a pesar de todas sus diabluras, también es optimista. Pretender que el mal no existe, que nada malo te va a pasar, no es ser optimista, es ser iluso. Las mejores personas reconocen las fallas o imperfecciones que existen en un lugar, un país, en las personas, y todavía lo encuentra, las encuentra, merecedoras de amor, compasión, afecto, de gran transformación artística. Nunca he confiado en la gente que solo ve el lado bueno de las cosas. Me asustan. Tienes que verlo todo, absolutamente todo: lo bueno, lo malo, lo indiferente y a pesar de eso encontrar en ti la capacidad de tener esperanza, de amar. Eso es humano, eso es optimista. Pretender que todo es maravilloso, solo para mantener tu fantasía de positivismo, es la peor clase del engaño, de miopía. Supongo que debí haber escrito una novela donde no le sucede nada malo a nadie. Pero en esa clase de vida, de mundo, ¿qué importancia tiene el amor y/o el sacrificio?

P. ¿Puede ser el fukú una explicación para las desgracias, el atropello, la corrupción que dominan la vida dominicana? Porque si bien has dicho que no crees en el fukú, en Oscar Wao esta maldición se puede asumir como una explicación de lo que nos pasa.
R. Ni siquiera la novela es tan simplista. Todos en el libro tienen que hacer una elección. Lo mismo sucede aquí en Santo Domingo. Uno tiene que elegir ser amable o ser cruel; ser gentil o corrupto; elegir ayudar, degradar, participar, borrar. Las fuerzas históricas, ya sea en forma de fukú o capitalismo, guían nuestras elecciones, pero no las hacen por nosotros. En mi novela el fukú no toma las decisiones por nadie. Solo hace horribles las consecuencias de las malas elecciones.

P. ¿Por qué has abrazado “la causa” de la explotación de los trabajadores haitianos en República Dominicana?
R. Pensé que todos dominicanos estaban contra la explotación. Bueno, es una broma. Esto probablemente sonará aburrido para cualquiera que no tenga una vena activista en su cuerpo, pero también estoy contra la violencia doméstica, la prostitución infantil y la segregación de facto en la vida nocturna dominicana. Estoy en contra de los partidos políticos que confunden y desorganizan la vida cívica dominicana. ¿Por qué? No sé de dónde viene este impulso. Quizá sería más bonito que no me preocupara por nadie.
No es que nadie haya tratado de ponerme en un batey ni nada por el estilo. Pienso que me involucro en estas “causas” porque como dominicanos nosotros merecemos un mejor legado que el que estamos construyendo. Porque cuando los dominicanos estamos en nuestro mejor momento no tratamos de expulsar inmigrantes ni de culpar a los pobres de todos los problemas que hay en el mundo. Y seamos honestos: los que tenemos casas, carros, los que podemos salir a cenar cada vez que queramos, ¿para qué sirve nuestro privilegio si no tratamos de ayudar a la sociedad que hace posibles esos privilegios? En mi opinión, el privilegio es solo tolerable si se utiliza en mejorar nuestro mundo. (Por favor, no le envíes este artículo a mi madre. Me acusaría de comunista).

P. ¿Qué necesitas para escribir, para “inspirar las facultades” de la creación?
R. Largos periodos de tiempo en calma para trabajar. Muchos libros. Salir de noche con mis amigos. Gente nueva que comparta su vida conmigo.

P. “You don’t have anything if you don’t have the stories”, dice Leslie Marmon Silko en Ceremony. ¿Podría ser la frase definitoria de tu vida?
R. Sí. Pero debes añadir: las historias son el único modo de llenar los vacíos donde nuestras viejas historias han muerto o se han perdido.

P.Como escritor, ¿vives la dicotomía entre las ideas y las personas?
R. No siento mucho esa división. Mi dicotomía es que crecí pobre con los tígueres y me siento cómodo en ese ambiente, pero también tengo una vida intelectual y artística que me pone en un sector de la sociedad “rarificado” que no duraría cinco segundos andando con ese grupo de amigos. Mi dicotomía es ser un dominicano que habla mal el español que conoce la capital mejor que dominicanos con un español excelente que viven con papi y mami en Piantini. Mi dicotomía es ser la persona de piel más oscura en mi familia y la más clara de todos mis amigos.

P. Tal como lo hiciste en su momento con los precandidatos demócratas y el candidato republicano de Estados Unidos, ¿qué libro les recomendaría a Leonel Fernández, Hipólito Mejía y Miguel Vargas?
R. No les recomendaría ningún libro. Les daría pasaportes para que se fueran. Necesitamos algo nuevo para nuestro país. Estos partidos políticos tradicionales no están llenando las expectativas.

P. ¿Qué haces de hobby, que no sea leer?
R. Te confieso que la mayor parte de mi lectura la hago entre 7 y 9 de la mañana. Mis amigos casi nunca me ven leyendo, así que encuentran gracioso que yo casi siempre hable de lo mucho que me gusta leer. Generalmente ellos me ven saliendo. Adoro correr (aunque no lo parece: aumenté treinta libras con el estrés del tour de promoción del libro y porque mi novia estaba intentando terminar conmigo). Me encanta salir a bares y clubes, y estuve metido en el ambiente hiphop ‘underground’ de NYC por un tiempo. Soy un gran fanático del béisbol, así que veo a los Yankees, los Mets y los Medias Rojas cada vez que puedo. Aunque parezco un bruto cuando me conoces, sé mucho sobre películas extranjeras, las veo obsesivamente. (La mejor película extranjera de los últimos cinco años: Ping Pong.) Toda mi juventud trabajé en fábricas, así que todavía disfruto del trabajo físico. Nunca lo creerías al mirarme, pero soy uno de esos a quienes les gusta ayudar a sus amigos a mudarse o hacer proyectos. Seis o siete horas de trabajo físico siempre me relajan. Ni siquiera soy muy bueno jugando a intelectual de tiempo complete. Es triste.

P. ¿Qué te saca de quicio?
R. Cuando en un resort los bartenders dominicanos le sirven a los extranjeros antes de atenderte a ti. No te imaginas cuántas veces he tenido que decirles a esos tipos que dejen de ser Guacanagarix.

P. ¿Cuál sería tu lugar ideal para un hipotético retiro en República Dominicana?
R. Esa es una pregunta difícil. Todavía me quedo en la casa de mi familia en Villa Juana (Calle 21 forever!), pero a ninguno de mis amigos dominicanos de Estados Unidos le gusta visitarme allí. (Mis amigos dominicanos de la isla no le tienen miedo a Villa Juana.) Mi sueño sería vivir como el artista Tony Capellán, en la azotea de uno de los edificios frente al Parque Independencia. Eso me permitiría tener acceso a mis dos mundos: podría salir con la gente ‘cool’ a sus ‘lounges’ de la Zona y sacar tiempo con los tipos pobres que hay en el parque, que trabajan todo el día y toda la noche para ganarse un par de dólares.
Pero tú estás hablando con un hombre que no tiene hijos. Si tuviera hijos estaría en uno de esos residenciales cerrados, como el promedio de los dominicanos de clase media, aterrorizado.

P. Por último, ¿qué les llama la atención de la novela a lectores de Nueva Zelanda, por ejemplo, donde estuviste de promoción en este año?
R. Lo que más parece impresionarles a los neozelandeses es la idea de que en el corazón del mito americano existía un mito dominicano. Que no puedes entender el Nuevo Mundo sin entender un lugar como República Dominicana.

Ruth Herrera
Publicada el 3 de Septiembre del 2008