Mostrando entradas con la etiqueta Capital Social e individualismo egoista. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Capital Social e individualismo egoista. Mostrar todas las entradas

¿Cómo lograr la credibilidad?

 Todos los diagnósticos de la sociedad dominicana, escritos por consultores nacionales y extranjeros, resaltan la falta de confianza y credibilidad en las instituciones gubernamentales como uno de los principales obstáculos que enfrenta el desarrollo económico y social dominicano. La credibilidad y confianza en las instituciones ayudan a que la nación pueda usar mejor sus recursos económicos, humanos y sociales y a favor de la mayoría.

Ambas crean un ambiente propicio al aprovechamiento de los recursos disponibles y reducen los costos de transacción de las interacciones políticas y económicas, permitiéndonos aprovechar las energías sociales en la creación de riqueza. Casi todos los estudios dicen que se necesita credibilidad y confianza, pero pocos explican cómo lograrlas. Es difícil en una nación en la cual el desencanto ha ido creciendo y el pesimismo se encuentra a flor de piel.

Muchas personas dirán que se construyen con acciones concretas, y pensarán a un nivel macro social y político. Estoy de acuerdo, se construyen con acciones, pero para ganarlas y que sean sustentables y sostenibles en el tiempo, hay que empezar trabajando con cuestiones que afectan directamente en lo cotidiano y que tienen gran impacto en el imaginario colectivo. Hablo de esas acciones desmedidas de sectores estatales que provocan que la gente de la clase media y los más pobres exclamen que el gobierno parece estar para fuñir a las personas.

Se debe empezar por dar ejemplos contundentes y provocar que las organizaciones públicas se sometan a su propia legalidad y prediquen con las acciones. Quizás el ejemplo más drástico de irrespeto por la norma se tiene en las construcciones. Se sabe que hay una ley que las regula y otras que regulan los ruidos provocados por ellas, así como los horarios y días de trabajo. Sin embargo, quienes construyen para el gobierno se hacen los chivos locos y desconocen dichas leyes. En franca violación a ellas trabajan desde antes de las ocho de la mañana, siguen después de las cinco de la tarde, y no los detienen ni los días feriados, ni los domingos. Sin contar el irrespeto a las ley de tránsito y la forma que afectan la ecología. Mientras los infelices vecinos que vivimos cerca de una construcción carecemos de tranquilidad y las quejas parecen no importar a nadie.

Respiro por una herida, lo admito. Vivo frente de la Biblioteca Nacional, y desde que reanudaron sus trabajos de remodelación, la paz es un lujo que no se consigue en los alrededores. No es el único caso. Lamentablemente en casi todas las construcciones del gobierno, los contratistas actúan como si tuvieran carta blanca para violar todas las leyes habidas y por haber, cuando lo correcto es que sean los primeros en “andar por el librito”.

Si queremos lograr que a nivel macrosocial se fortalezcan la confianza y la credibilidad de las instituciones públicas, para invertir mejor las energías sociales, debemos empezar por mejorar el entorno cotidiano de las personas.

Ramón Tejada Holguín
El Caribe
Perspectiva Ciudadana
25 Enero 2012




Fotos propias: realizadas con el celular. Muestran la violación de las leyes de transito, además de otras leyes, de parte de los contratistas del gobierno encargados de remodelar la Biblioteca Nacional. Esta violaciones se evidencian en la zona de la Biblioteca Nacional, justo por donde pasa el presidente de la República Dominicana.

Pesimismo dominicano hoy


El llamado pesimismo dominicano es el más formidable obstáculo cultural que enfrenta la institucionalidad y la construcción de la democracia, pues bloquea la confianza en uno mismo e impide que seamos dueños y dueñas de nuestras propias historias.

En su origen se basó en la idea de que los rasgos raciales y culturales nos inhabilitaban para la construcción de una sociedad viable. El principal representante de esta visión fue José Ramón López, quien a finales del siglo XIX, al analizar la República Dominicana de su época que era esencialmente rural, sostuvo que “los rasgos principales que la degeneración ha impreso en el carácter de los campesinos son: la imprevisión, la violencia y la doblez”.

Esta visión del dominicano es la percepción predominante de un conjunto de intelectuales, con Manuel Arturo Peña Batlle a la cabeza, para quien el origen de la imposibilidad de construcción de una nación dominicana fuerte y desarrollada se encontraba en la presencia en la parte haitiana de la isla de una nación de negros, poseedores de una cultura, una religión y una lengua no civilizada.

La visión de los intelectuales se convirtió en lo que el sociólogo estadounidense Robert K. Merton llama una “profecía que se cumple a sí misma”, ya que la percepción de los intelectuales y la clase dominante penetró el espíritu dominicano, contribuyendo a profundizar el rechazo a sí mismo de parte de los grupos más pobres que han sido discriminados por su origen y etnia a la que pertenecen. Las elites de alguna manera construyeron lo que percibían, o construyeron en función de la percepción que poseían.

Este elemento se constituye en un bloqueo histórico para la construcción de un sentido de pertenencia y el establecimiento de lazos de solidaridad entre los excluidos que comparten algunos rasgos similares a la población haitiana.

El pesimismo penetró el cuerpo social provocando la auto percepción negativa que se observa en los sectores pobres, reduciendo su capacidad de auto organizarse y definir sus propios cursos de acción como grupo social. Las elites, con mayor contacto con el mundo y el conocimiento, se ven a sí mismas como algo distinto a la mayoría del país; construyeron su identidad a través de la negación del pueblo haitiano y de la herencia africana en la cultura dominicana.

La forma en que se asume “el otro”, y la creencia de que no somos capaces de construir la democracia forma parte de esa herencia maldita. Cada uno piensa que en “el otro” no se puede confiar, que “el otro” tiende a ser individualista. El egoísmo propio se basa en la expectativa de que “la otra persona” tendrá un comportamiento egoísta. Confiar en la otra persona puede dar beneficios mutuos, siempre y cuando la otra persona sea capaz de confiar en uno. ¿Cómo romper el círculo? Con elites que confíen más en la nación y pobres más unidos.

Ramón Tejada Holguín
El Caribe
Perspectiva Ciudadana
10 enero 2012

Fotos propias realizadas en el Museo Kura Hulanda de Curacao.

El otro sí existe

Nuestra democracia padece de numerosas enfermedades. Algunas resultan muy obvias, tal como la exclusión social, económica y política que existe en nuestra nación. Otras no resultan tan obvias, como lo es el problema de la construcción de la identidad personal del dominicano a través de un “yo egoísta” que niega en los hechos la existencia de “un otro” (u “otra”) que tiene igual título y derecho que uno mismo.

En el mundo cotidiano cada persona reproduce las virtudes o los pecados sociales, con lo que ayudamos a fortalecer o debilitar lo que nos da sentido como nación, lo que nos permite sentirnos parte de la comunidad, eso que llaman tejido social. En las democracias la percepción del ciudadano de sí mismo y del otro cuenta. En el caso dominicano afirmo que hay obstáculos culturales y de identidad que impiden la democratización. El acento en el yo egoísta de parte de la ciudadanía es el principal bloqueo cultural e identitario.

Hay quienes piensan en la democracia en función de su beneficio personal, como si fueran los únicos habitantes del universo social, como si lo que le rodea hubiere sido colocado ahí para servirle en exclusividad. Pero, la democracia es necesaria y posible porque además del yo, existe el otro y cada yo es el otro de algún yo distinto. La democracia toma en cuenta el yo egoísta a la hora de reglamentar los derechos de las personas y toma en cuenta la existencia del otro a la hora de establecer los deberes. En nuestra nación hay quienes quieren concentrarse exclusivamente en el mundo de sus “derechos” desde una perspectiva mezquina.

Quizás con un ejemplo podamos explicarnos mejor. Un día pregunté a alguien el porqué no daba paso a un vehículo que salía de un estacionamiento. Dijo que lo hacía porque a él no me dan paso. La salida de un estacionamiento se convierte en un acto salvaje sin reglas. Salir de un estacionamiento a vías de mucho transito se convierte en un acto de mucha tensión. Nadie da paso a quien sale, quien sale sabe que no le darán paso, por eso ejerce violencia para salir. El simple circular por nuestras calles nos revela el déficit en el respeto a las reglas democráticas.

¿Qué tipo de sociedad puede construirse en base a un comportamiento según el cual la gente no permite pasar al otro porque el otro no le permite pasar? Alguien debe dar el primer paso y dejar pasar. La mayoría de los tapones que se arman están relacionados a las actitudes egoístas de conductores y conductoras que creen que son las únicas que tienen prisa por llegar a algún lugar. Gente que presupone que el otro conductor hará una trampa, por lo cual ellos la hacen primero. Hay una cultura que sustenta esta conducta. La cual se basa en la desconfianza en el otro. Una cultura que influye en las otras acciones del mundo social, no sólo las cotidianas. Una cultura que no coloca el acento necesario en el respeto a las reglas y el cumplir con los deberes. Una cultura en la cual el yo egoísta se reproduce como la verdolaga, como si la gente actuará según la siguiente idea: “estoy seguro que la otra persona no respeta las reglas y tiene más beneficios que yo, tampoco respetaré las reglas y tendré más beneficios”. Como si el beneficio es un juego de suma cero: más beneficio para otro, es igual a menos beneficios para mí. Esta idea hace de nuestra vida cotidiana una selva. ¿Se ha detenido a pensar qué tipo de régimen político pueden crear quienes así piensan? Ay, ¿no nos hemos dado cuenta que cada uno de nosotros somos “el otro” o “la otra” de alguien? La democracia y la vida en convivencia basada en la cooperación deben partir del reconocimiento de que ese otro existe, que tiene derechos igual que nosotros y también quiere beneficiarse y que el beneficio mutuo es posible. No podemos desarrollar las virtudes sociales sino se estimula el sentido de la cooperación y la solidaridad. Del yo egoísta hay que pasar al nosotros colectivo. Y eso es lo que ha faltado en la cosmovisión de gran parte de la ciudadanía dominicana.

En el hogar, los condominios, el barrio y la ciudad, el yo egoísta no se siente parte de nada, sólo de sí mismo. El yo egoísta no construye puentes y edifica el muro de la desconfianza. El otro tenderá, pues, a desconfiar del yo egoísta y a su vez se convertirá en otro yo egoísta. Así se desarrolla una espiral que engendra mayor nivel de desconfianza y generaliza el yo egoísta que no coopera, que cree que el otro sólo existe para ser victima o verdugo, nunca un igual.

El otro es visto como el que debe ser engañado o el que me engañará. ¿Cómo construir un círculo virtuoso con esa visión y ese comportamiento? Cuando escuchamos hablar del yo egoísta muchos pensamos en tal o cual vecino o vecina, o en tal o cual compañero y compañera de trabajo, o en tal o cual político. Y sí, quizás sí, esa persona en quien pensamos es un yo egoísta. Pero, ¿se ha detenido usted a pensar, amiga lectora, amigo lector, cuántas de sus acciones y visiones son parte de ese yo egoísta que cree que es el ombligo del mundo y que todo lo que le rodea se ha hecho para su deleite?

La construcción de un mundo mejor, puede empezar en nuestro interior. Iniciemos con acciones sencillas y posibles, respetemos las leyes de transito, sin importar lo que el otro haga, seamos corteses sin importar la grosería ajena, abandonemos el circuito reactivo y estimulemos la virtudes sociales.

De fieras, ley de la selva y padres de familia

Las instituciones son esencialmente reglas, pautas de conducta, formas de relacionarse la gente basadas en los comportamientos esperados.

El análisis del transito vehicular es un gran laboratorio para ver cómo funcionan las instituciones y para explicar con el ejemplo la importancia de estas.

Verbigracia la circulación de vehículos a la derecha. Si cualquier persona puede decidir si circula a la derecha o a la izquierda, cuando se encuentren de frente ninguno tendrá certeza de cuál de los carriles tomará el otro, por eso hay una regla de que se debe manejar a la derecha, si todos respetan dicha regla, no habrá colisiones entre vehículos que vienen de frente. O sea, cuando hay instituciones que se respetan, las relaciones entre los seres humanos se hacen más fluidas, menos costosas, de menor nivel de riesgos y con menos enfrentamientos.

Las razones de circular a la derecha y no a la izquierda tienen que ver con tradiciones y convencionalismos. En Gran Bretaña, y algunos de los países que fueron su colonia, se circula a la izquierda, y no hay evidencia de que existan mayores o menores accidentes que en los países que se circula a la derecha. Imaginemos por un momento que la decisión de guiar a la derecha o a la izquierda dependa de cada persona, el número de accidente irá en aumento, uno no estará seguro para dónde moverse, la gente estará nerviosa e irritable, el costo en términos psicológicos de manejar sería mucho mayor del que ya es.

Esto aplica en el ámbito general, y particularmente el estatal. En nuestro país hay muchos accidentes estatales porque hay gente que se cree más diestra en el manejo que las demás, confía demasiado en sus propias habilidades y quiere adaptar las normas a su visión particular y propia. Una institución lo que hace es pautar un tipo de comportamiento esperado en situaciones similares. Si dos vehículos vienen de frente, lo normal es que cada uno tome su derecha, así evitan un accidente.

Lo necesario es crear instituciones, reglas del juego, que normalicen el comportamiento de quienes ejercen una función pública, que cuando se vea en una situación determinada, el comportamiento esperado esté claramente establecido, sea la persona honesta o no. El caos en el transito vehicular dominicano parecería ser una metáfora de la ausencia de reglas claras y respetadas por todos. El problema de la institucionalidad dominicana es que las excepciones a la reglas son más que las reglas. Aquí el dicho es inverso: “toda excepción tiene su regla”.

Sí, en el país hay expertos en excepciones. Por ejemplo, La Ley no. 114-1999 que modifica y amplía la Ley 241 sobre transito de vehículos dice en el tercer párrafo del artículo 161: “Igualmente, todo vehículo de motor que transite por las vías públicas deberá estar provisto de tantos cinturones de seguridad como capacidad de pasajero tenga en los asientos delanteros, cuyo uso será obligatorio, con excepción de los autobuses, así como de los carros del transporte público urbano”.

El chofer de carritos del concho que se para donde quiera, que rebasa como le da su santa y real gana está exento de respetar una disposición de transito que puede salvar su vida y la del pasajero. Sospecho que la filosofía que está detrás de está excepción es que por encima de todas las reglas y las leyes está la búsqueda del sustento. Idea que en apariencia parece buena, pero que es perniciosa, porque es como aceptar que la Ley de la Selva está por encima de la racionalidad humana y la moral. Las fieras tienen derecho a comerse a los débiles porque ellos, los indefensos, son el sustento de las fieras.

Ya sé que entre quienes me leen de vez en cuando, hay gente pensando que voy a comparar ciertos servidores públicos, incluyendo secretarios de estado y otras yerbas aromáticas, con fieras que aborrecen de las reglas humanas. Pero en realidad me pregunto: ¿Nosotros a quienes no quieren comer estas fieras seguiremos de brazos cruzados?

Ramón Tejada Holguín
4 de Julio 2007

Democracia y cotidianidad

El individualismo egoísta es la formidable traba para la construcción de una sociedad que les dé algunos niveles de satisfacción a las personas. Todos nos quejamos y culpamos al otro o la otra de las desgracias, y poco miramos nuestra contribución personal, con actitudes egoístas, a construir una especie de tribu basada en el sálvese quien pueda. Ese deseo de satisfacernos sin tomar en cuenta a los y las demás provoca que sea más costoso y difícil sentir niveles mínimos de satisfacción y felicidad en el actual contexto dominicano. Costoso en términos de recursos materiales, espirituales y de la energía social invertida para lograr satisfactores mínimos. Confiar en la otra persona reduce esos costos, porque promueve la cooperación y el uso racional de los recursos.

Nada puede ser peor para el tejido social y la construcción de una sociedad que brinde satisfacción a sus miembros que la expectativa de que el otro tendrá un comportamiento basado en el individualismo egoísta. Parecería que existe una predisposición en el “espíritu nacional” a considerar que no se puede confiar en la otra persona, porque es egoísta, de manera que la relación egoísta se basa en la expectativa de que la otra persona tendrá un comportamiento egoísta. ¿Quiénes se atreven a romper el círculo vicioso de la desconfianza? La revolución que necesitamos es la que crea la confianza entre todos y todas. Comencemos en nuestro ámbito personal a confiar en la otra persona, a creer más en nosotros mismos y nuestras posibilidades de constituirnos en nación. Culpemos menos a los demás.

La expectativa de que la otra persona actuará en forma egoísta tiene graves consecuencias para la democracia: 1) Abre las puertas al uso de los recursos públicos como si fueran privados, hay quienes dicen que “todas las personas lo hacen, por eso lo hago”; 2) Es un obstáculo para la articulación de organizaciones sociales, económicas y políticas democráticas y basadas en reglas del juegos claras; y 3) impide que aprendamos a perder y a ganar. En lo cotidiano cada persona reproduce las virtudes y lo pecados sociales, con lo que ayudamos a fortalecer o debilitar el tejido social, eso que nos permite sentirnos parte de una comunidad nacional. En las democracias la percepción ciudadana de sí y del otro vale mucho. En el caso dominicano afirmo que hay obstáculos culturales y de identidad que impiden la democratización. El acento en el yo egoísta de parte de la ciudadanía es el principal bloqueo cultural e identitario.

La democracia es necesaria y posible porque además del yo, existe el otro y cada yo es el otro de algún yo distinto. La democracia toma en cuenta el yo egoísta a la hora de reglamentar los derechos de las personas y toma en cuenta la existencia del otro a la hora de establecer los deberes. La construcción de un mundo mejor debe empezar en nuestro interior. Iniciemos con acciones sencillas y posibles, respetemos las leyes de transito, sin importar lo que el otro haga, seamos corteses sin importar la grosería ajena, abandonemos el circuito reactivo y estimulemos la virtudes sociales.

Ramón Tejada Holguín
El Caribe
11 de enero del 2007

¿Son los partidos políticos dominicanos parte de la dimensión política del capital social?

Hay un capital social que juega un papel importante en el desarrollo humano, en ese desarrollo que coloca el acento en las personas, en la ampliación de las libertades y capacidades humanas, que estimula que la gente sea dueña de su propia historia, protagonista de la película de su progreso. Puede ser una herramienta para lograr ampliar la capacidad política de los sectores excluidos. Este capital social habla de cooperación, de asociación, de confianza mutua entre las personas para poder plantearse objetivos comunes. Por eso debemos verlo no sólo como una categoría económica o una categoría social, sino también como una dimensión política importante. En esa dimensión del capital social, el liderazgo y los partidos juegan un papel de primer orden. Según la visión clásica de los partidos, estos tienen la responsabilidad de ser promotores de la acción colectiva. Se supone que deben ser quienes se aprovechen de las fuerzas asociativas de la sociedad para mejorarla, que deben ser defensores de la cooperación, constructores de la confianza interpersonal y en las instituciones. Se supones que deben jugar el rol principal en la constitución de las normas formales que definen el pacto social que da sentido a una nación. Asociación, cooperación, normas, confianza son los componentes reconocidos del capital social. La conclusión es que los partidos son partes constitutiva del capital social de una nación, quizás sería mejor deben ser partes constitutiva para el desarrollo humano de una nación.

La pregunta cae desde de una mata de mango: ¿forman parte los partidos dominicanos del capital social del país? Según las cuatro encuestas Demos realizadas desde el 1994 al 2004, cuando a la gente se le preguntaba a quien representan los partidos, cerca de la mitad sostenían que sólo representan los intereses de los políticos, mientras que entre el 36% y el 43% decía que representan los intereses de algunos grupos o personas. Apenas entre el 10% y 7% sostuvo que representaban a todos los grupos de la sociedad. Estamos hablando de cuatro encuestas realizadas en un periodo de diez años, y en las cuatro los resultados fueron similares: menos del 10% de las personas creen que los partidos dominicanos representan los intereses de la sociedad. Este dato se agrava cuando observamos que para el año 2004 se observó que todas las personas tenían algún nivel de clientelismo: el 36% tenía un nivel bajo, el 28% un nivel moderado, el 23% un nivel alto y el 12% un nivel muy alto.

El clientelismo explica el apoyo al sistema de partidos. Pero es un apoyo que se sostiene mientras el partido pueda controlar recursos que le permitan responder a la clientela. Empero, los recursos son escasos y la ausencia de políticas sociales provoca rupturas en el sistema clientelar de parte de quienes no son beneficiados. Los resultados se verán en el futuro, pero mi hipótesis es que si los partidos dominicanos y su liderazgo no cambian el rumbo y buscan estimular mejor el capital social como gatillo del desarrollo humano, el sistema partidario tal como lo conocemos sufrirá cambios y nacerán nuevos liderazgos y muchos de los actuales morirán de inanición política.

Ramón Tejada Holguín
El Caribe
2 de Noviembre 2006

Balaguer, el individualismo y el Desarrollo Humano

Sostuve la semana pasada que el Complejo del Gancho y la creencia en el Estado como un demiurgo se transformaron y se manifiestan como falta de confianza en las propias fuerzas y hacia los demás. Esto bloquea la construcción de Capital Social Comunitario. La pregunta es ¿Cómo se efectuó esa transformación? Las generaciones que vivieron y las que nacieron durante el trujillato se socializaron en el contexto de la paranoia estudiada por Zaglul y con la actitud esquizoide hacia el gobierno estudiada por Galíndez. Esquizoide porque mientras se expresaba adhesión al régimen se “sabía” que sus acciones carecían de legitimidad. Las representaciones de la sociedad y los temores se traspasan de una generación a otra y sobreviven a las condiciones sociopolíticas y económicas que las originaron. Es indudable que con el paso del tiempo y la influencia de otras culturas “la ideología” tiende a cambiar. No se trata de ruptura absoluta, es mutación: una pizca de lo mismo con algo de lo nuevo. El miedo al calié y el temor a no trabajar si se es desafecto ya no existe. Pero operó como un catalizador del individualismo egoísta, ya que bloqueó la existencia de relaciones fluidas y basadas en la confianza.

Otras tendencias globales y otras nacionales ayudaron a perfilar ese individualismo egoísta. Entre las globales están las migraciones y el individualismo que estimula la modernidad, que se relaciona con el reconocimiento de la persona como un sujeto individual con derechos y deberes en lo social, que con la globalización se ve adobado por una búsqueda hedonista del yo en una sociedad de cambios vertiginosos. Un proceso que podría ser positivo, y lo fue en muchos países, como el descubrimiento del individuo como sujeto de derechos y deberes deviene en una de las fuentes del individualismo egoísta y desconfiado de la acción colectiva que se ha ido convirtiendo en predominante en la “visión del mundo” de gran parte de la ciudadanía dominicana, especialmente los sectores de las llamadas clases medias.

La construcción de “la dominicanidad actual” se marca, pues, por esas tendencias sociales que fueron exacerbadas por el clientelismo balaguerista. Balaguer despreció tanto la acción colectiva que siempre prefirió negociar con personas individuales y no con grupos o colectivos. Por eso la fascinación que ejerció entre quienes le conocieron, fueran o no opositores, por eso su trato tierno con la persona individual desafecta o no y su rispidez hacia los grupos. No construyó un partido moderno y un liderazgo colectivo fuerte. El uso patrimonial del Estado es la base material de esta ideología y la reivindicación de Balaguer y la perseverancia en las prácticas clientelares son los formidables bloqueos para la construcción del Capital Social Comunitario en el país. Es decir, de ese “Capital” que estimula la cooperación y la confianza, que influye en una mejor distribución de las riquezas sociales, económicas y culturales y nos hace más solidarios, que reduce la desigualdad y la exclusión y se convierte en un pilar importante del Desarrollo Humano.

Ramón Tejada Holguín
El Caribe
7 de septiembre 2006

Complejo del Gancho, Doble Pensar y Desarrollo Humano

Muchos años después frente al pelotón de autores que escriben sobre la Confianza como un componente del desarrollo social, económico y político fue que entendí lo pernicioso que para la República Dominicana es lo que el doctor Antonio Zaglul llamó Complejo del Gancho que, todavía hoy, penetra parte del “ser dominicano”. Zaglul sostuvo que, en sentido general, la personalidad dominicana tiene un alto componente de sentirse perseguido y pensar que se le quiere engañar. Es posible que esta actitud, que algunos asocian al llamado “pesimismo dominicano” se relacione directamente con los años de dictaduras y de gobiernos autoritarios que hemos vivido.

Jesús de Galíndez escribió que Trujillo había logrado inculcarle al dominicano la idea de que no podía ni siquiera trabajar a menos que declarara una adhesión expresa al régimen. En ese sentido, se desarrolló en las generaciones socializadas durante el trujillato una especie de doble pensar y mucho temor a decir lo que realmente se creía. Esto ha sido un mecanismo de control social y político que todavía tiene sus consecuencias en nuestra “estructura caracterológica”. El hecho de que el Estado Dominicano, en sus diversas dimensiones, sea el principal empleador, de que cada vez que hay un cambio de partido en la dirección de alguna de sus organizaciones se cambie una muy alta proporción de los mandos medios y bajos, tiende a estimular ese mecanismo. En el sector público se tiene muchísimo temor al caliesaje.

La pregunta del millón es, ¿el “complejo del gancho” y “el doble pensar” se han ido reduciendo con el paso de los años y el cambio generacional? Creo que se han transformado, que ahora se expresan como “falta de Confianza” en las instituciones y en los demás. Las Demos sistemáticamente muestran que la mayoría de la ciudadanía desconfía de las principales instituciones del sistema de representación política, destacándose el Congreso Nacional como la de menor Confianza. Las encuestas muestran cómo la mayoría cree que los políticos dominicanos sólo buscan su beneficio personal y de su grupo. Incluso en una de las encuestas que hice para el CIES se observa que la gente admite que participa en política buscando sus beneficios personales.

Se ha demostrado que la Confianza juega un importante papel en la organización de la gente, en lograr estimular la cooperación, en hacer un uso más eficiente y colectivo de los recursos públicos e influye en la construcción de un sentido de futuro común de la ciudadanía. La Confianza forma parte del Capital Social. Es claro que además de Capital Social se necesitan recursos económicos y naturales, así como uso de las tecnologías para producir riquezas. El Capital Social ayuda a hacer un uso colectivo de los recursos públicos y que beneficie a las mayorías. La dirigencia social y política debería centrarse en estimular el Capital Social para lograr un mayor nivel de desarrollo humano. Las actuales políticas asistenciales y el clientelismo estimulan el individualismo y redimensionan el complejo del gancho y el doble pensar.

Ramón Tejada Holguín
El Caribe
31 de agosto del 2006

Tejido social que se desgasta

El tejido social es todo eso que tenemos en común quienes pertenecemos a una comunidad, es todo lo que nos une, que nos hace ser lo que somos y sentirnos parte de una misma cultura, de una misma tradición, en cierta forma es lo que nos hace ser nación. Un tejido social fuerte es sinónimo de solidaridad, de saberse protegido ante los embates de las adversidades, es contar con nuestros familiares y con nuestros vecinos y vecinas, y no sólo en caso de tragedias.

La más portentosa y hermosa de las funciones estatales es la protección y fortalecimiento del tejido social. Su fortaleza se mide a nivel micro, en las relaciones entre la gente, en el respeto a las reglas del juego, a los derechos de los demás. Su fortaleza es condición necesaria para construir un ambiente propicio para la creación de metas comunes y beneficiosas para las grandes mayorías nacionales. Pero, los gobiernos dominicanos de las últimas décadas están deshilachando el tejido social, lo cual crea desazón, falta de fe y ese terrible sentido de indefensión. Y, la misma gente, en su afán de búsqueda de soluciones individuales, está minándolo.

Pensemos, es un ejemplo, en una pareja, Elsa y Manuel u otros nombres. Gentes temerosas de Dios, buenas y sencillas. Defienden el derecho a la comodidad de su familia como gato panza arriba. Son los únicos, en un barrio de clase media, poseedores de una planta eléctrica que por el ruido infernal que hace debe ser al menos de 25 kilos. De nada valen las protestas, ellos tienen derecho a dormir en paz y realmente lamentan que los demás vecinos no tengan los recursos para comprarse una planta tan útil y bonita. Debido a las conexiones de la pareja las cartas a la Procuraduría de Medio Ambiente descansan placidamente en un cesto de la basura. Cuando ocurre un gran apagón, la monstruosa planta les ofrece la molicie del aire central funcionando a toda capacidad y dentro de su insonorizado hogar no se escucha el ruido que a los vecinos sudorosos y espantando mosquitos, les impide fortalecer el tejido social y no los deja dormir. Su hogar es cálido por el amor y fresco por el aire acondicionado.

He ahí pues el primer gran reto que enfrentamos en el nuevo milenio: dar a la gente un cierto sentido de seguridad. Nada afecta tanto la paz social como el saberse pisoteado por el poder y el dinero. Nada puede frustrar más la necesaria sinergia social que esas situaciones que afectan el sueño y la tranquilidad. La indolencia estatal crea furia, agresividad y rencor. La soberbia personal aguijonea el fuego de la desunión, el odio y el recelo entre la ciudadanía.

Estimular la cohesión social y el sentido de pertenencia a la comunidad dominicana, es el más grande de los desafíos que tenemos por delante la ciudadanía y el Estado. Juntos. Ambos somos responsables y debemos cumplir nuestros respectivos deberes sociales. Ayudar a crear un ambiente propicio al respeto a los demás y a las leyes redundará en beneficio del mejoramiento de la productividad del trabajo y la confianza en el progreso. Si en la nación no se crea ese sentimiento de solidaridad, de respeto a los demás en lo microsocial, las tendencias centrífugas de la sociedad se profundizarán. Ya no sólo se apostará por las opciones individuales y la privatización de todo, sino que incluso el abandono de la isla y la búsqueda de la tranquilidad allende los mares será la opción más atractiva para quienes desean vivir en una sociedad de ciudadanos y ciudadanas. Estamos creando una selva y un día las fieras desayunarán los poquitos ciudadanos que quedamos.

Ramón Tejada Holguín
El Caribe
07 de julio 2004