¿...y dónde están quienes debieron supervisar, certificar y vigilar SeNaSa según las leyes y reglamentos?

Hay un elemento que debe ser investigado a fondo en el caso SeNaSa y es el papel de las instituciones encargadas de la vigilancia y supervisión e incluso de las personas rectoras del gabinete de salud. Es imposible que cinco años de un entramado corrupto que implicó miles de millones (todavía no se sabe a ciencias ciertas) pasara sin que nadie, fuera de SeNaSa, notara nada. Esa perfección no existe. O hubo complicidad o una negligencia atroz o esos organismos no cumplieron sus funciones.

No me refiero solo a las obvias, como
 el 
Consejo Nacional de la Seguridad Social (CNSS) que es su órgano rector, o  la Superintendencia de Salud y Riesgos Laborales (SISALRIL), que es el órgano fiscalizador, esas dos no pueden salir de rositas, sin ayudas en ellas, ya sea por negligencia, infeciciencia o complicidad habría sido imposible ese entramado.

Otras instituciones que habría que observar bien son la Tesorería de la Seguridad Social (TSS) que administra los fondos de SeNaSa, y las que auditan los recursos públicos: la Contraloría General de la República y la Cámara de Cuentas. Cuando se le pidió a esta última que hiciera una auditoria al SeNaSa, debido a que el vil entramado se había hecho público y la ciudadanía reclamaba que se establecieran los hechos, la Cámara de Cuentas hizo una auditoria de la gestión de 2017 a 2019, y dijo encontrar irregularidades, funcionando sus resultados como una forma de distraer, pero salvo los equipos pagados para defender en redes y medios a la gestión del PRM, nadie ha osado usar esa auditoria como elemento válido.

Pero, no solo hablo de esas instituciones, hablo de otras muchas que juegan un papel importante en cuanto a la lucha contra la corrupción y la transparencia en el Estado Dominicano, ya sea en los temas de compras y contrataciones o las certificaciones sobre transparencia que hoy ven lesionada su credibilidad.

Pongo un ejemplo.
El Ministerio Público dice que el entramado corrupto fue organizado por Hazim desde que se le hizo la promesa de que dirigiría SeNaSa y por eso empezó el mismo 17 de agosto de 2020, fecha en que Hazim y su equipo asumen la dirección de SeNaSa.
Para mayo de 2021, a 8 meses de fundado el entramado, la Dirección General de Ética e Integridad Gubernamental (DIGEIG) otorga 100 % al SeNaSa de Hazim en materia de transparencia.


Ese alto nivel se mantuvo, 90 % en el 2023, 80 % en el 2024 y, ¡oh, sorpresa!, en Septiembre de este 2025, cuando ya los escándalos estaban en la prensa DIGEIG, dirigida por Milagros Ortiz Bosch, le dio una calificación de 92.89 % a SeNaSa.


¿Cómo se otorga esa puntuación?
Se deben de evaluar: la publicación de los procesos de compras y contrataciones públicas, las informaciones financieras, el presupuesto institucional, la base legal de la institución, su estructura orgánica, el Plan Estratégico Institucional, las publicaciones oficiales, las declaraciones juradas de bienes de sus directivos, las estadísticas trimestrales, los recursos humanos, las memorias institucionales, la información básica sobre servicios públicos, los proyectos y programas, las finanzas, la existencia o no de comité de ética y su desempeño, el portal de datos abiertos y el correcto funcionamiento y/o desenvolvimiento de las solicitudes hechas a través del portal único de solicitudes de Acceso a la Información.
Si la DIGEIG dirigida por Milagros Ortiz Bosch se mantuvo evaluando con tan alto porcentaje todos esos años de vil corrupción a SeNaSa ¿qué falló?, ¿los técnicos de DIGEIG?, ¿la calidad del índice?, ¿la calidad de la evaluación? ¿o será que hubo complicidad? 

¿Cumple o no su función la DIGEIG o es un mamotreto publicitario?




No es cierto que el caso SeNaSa sea una evidencia de la política anticorrupción de este gobierno y su presidente. Es todo lo contrario, es evidencia de su fracaso, son 5 años de un entramado que robó directamente a la salud de los más necesitados del país miles de millones. Las cuentas apuntan a que es un robo mucho mayor que el del caso Baninter. Que nadie lo notara y que hubiese tanta defensa de esa gestión es la evidencia palpable del fracaso de la transparencia tan cacareada.

Independientemente de la presunción de inocencia, el hecho del roobo se ha demostrado, la falta de controles o por negligencia o complicidad se ha demostrado, la responsabilidad, por acción u omisión, de quienes conducen el país se ha demostrado. No olvidar la defensa del Presidente, Luis Abinader, de esa gestión y que la Vicepresidenta, Raquel Peña, es la jefa del Gabinete de Salud del gobierno. ¿Cómo explica Ortiz Bosch tan alto nivel de desempeño en transparencia de SeNaSa todos estos cinco años?

 

Recordando los organismos más directamente involucrados.


Consejo Nacional de la Seguridad Social (CNSS): Es el órgano supremo del Sistema Dominicano de Seguridad Social (SDSS) y establece las políticas generales que rigen a SeNaSa.


Superintendencia de Salud y Riesgos Laborales (SISALRIL): Supervisa y regula a las Entidades Administradoras de Riesgos de Salud (EARS), como SeNaSa, para asegurar el cumplimiento de la Ley 87-01.


Tesorería de la Seguridad Social (TSS): Administra los recursos financieros del SDSS, recauda y distribuye los fondos, y supervisa la correcta asignación a las instituciones.


Cámara de Cuentas y Contraloría General de la República: Estas instituciones realizan auditorías periódicas para garantizar la transparencia y el uso adecuado de los fondos públicos de SeNaSa.


Ministerio de Salud Pública (MSP): Participa en la coordinación general del sistema de salud, aunque SeNaSa opera de forma autónoma como ARS. 

 

Es necesario abrir una línea de investigación de esas instituciones.


Ramón Tejada Holguín 

14 de diciembre de 2025.

La mancha indeleble

Juan Bosch


Todos los que habían cruzado la puerta antes que yo habían entregado sus cabezas, y yo las veía colocadas en una larga hilera de vitrinas que estaban adosadas a la pared de enfrente. Seguramente en esas vitrinas
no entraba aire contaminado, pues las cabezas se conservaban en forma admirable, casi como si estuvieran vivas, aunque les faltaba el flujo de la sangre bajo la piel. Debo confesar que el espectáculo me produjo un miedo súbito e intenso. Durante cierto tiempo me sentí paralizado por el terror. Pero era el caso que aún incapacitado para pensar y para actuar, yo estaba allí: había pasado el umbral y tenía que entregar mi cabeza. Nadie podría evitarme esa macabra experiencia.


La situación era en verdad aterradora. Parecía que no había distancia entre la vida que había dejado atrás, del otro lado de la puerta, y la que iba a iniciar en ese momento. Físicamente, la distancia sería de tres metros, tal vez de cuatro.

Sin embargo lo que veía indicaba que la separación entre lo que fui y lo que sería no podía medirse en términos humanos.

-Entregue su cabeza -dijo una voz suave.

-¿La mía? -pregunté, con tanto miedo que a duras penas me oía a mí mismo.

-Claro -¿Cuál va a ser?

A pesar de que no era autoritaria, la voz llenaba todo el salón y resonaba entre las paredes, que se cubrían con lujosos tapices. Yo no podía saber de dónde salía. Tenía la impresión de que todo lo que veía estaba hablando a un tiempo: el piso de mármol negro y blanco, la alfombra roja que iba de la escalinata a la gran mesa del recibidor, y la alfombra similar que cruzaba a todo lo largo por el centro; las grandes columnas de mayólica, las cornisas de cubos dorados, las dos enormes lámparas colgantes de cristal de Bohemia. Sólo sabía a ciencia cierta que ninguna de las innumerables cabezas de las vitrinas había emitido el menor sonido.

Tal vez con el deseo inconsciente de ganar tiempo, pregunté.

-¿Y cómo me la quito?

-Sujétela fuertemente con las dos manos, apoyando los pulgares en las curvas de la quijada; tire hacia arriba y verá con qué facilidad sale. Colóquela después sobre la mesa.

Si se hubiera tratado de una pesadilla me habría explicado la orden y mi situación. Pero no era una pesadilla. Eso estaba sucediéndome en pleno estado de lucidez, mientras me hallaba de pie y solitario en medio de un lujoso salón. No se veía una silla, y como temblaba de arriba abajo debido al frío mortal que se había desatado en mis venas, necesitaba sentarme o agarrarme de algo. Al fin apoyé las dos manos en la mesa.

-¿No ha oído o no ha comprendido? -dijo la voz.

Ya dije que la voz no era autoritaria sino suave. Tal vez por eso me parecía tan terrible. Resulta aterrador oír la orden de quitarse la cabeza dicha con tono normal, más bien tranquilo. Estaba seguro de que el dueño de esa voz había repetido la orden tantas veces que ya no le daba la menor importancia a lo que decía.

Al fin logré hablar.

-Sí, he oído y he comprendido -dije-. Pero no puedo despojarme de mi cabeza así como así. Deme algún tiempo para pensarlo. Comprenda que ella está llena de mis ideas, de mis recuerdos. Es el resumen de mi propia vida. Además, si me quedo sin ella, ¿con qué voy a pensar?

La parrafada no me salió de golpe. Me ahogaba. Dos veces tuve que parar para tomar aire. Callé, y me pareció que la voz emitía un ligero gruñido, como de risa burlona.

-Aquí no tiene que pensar. Pensaremos por usted. En cuanto a sus recuerdos, no va a necesitarlos más: va a empezar una nueva vida.

-¿Vida sin relación conmigo mismo, si mis ideas, sin emociones propias? -pregunté.

Instintivamente miré hacia la puerta por donde había entrado. Estaba cerrada. Volví los ojos a los dos extremos del gran salón. Había también puertas en esos extremos, pero ninguna estaba abierta.

El espacio era largo y de techo alto, lo cual me hizo sentirme tan desamparado como un niño perdido en una gran ciudad. No había la menor señal de vida. Sólo yo me hallaba en ese salón imponente.

Peor aún: estábamos la voz y yo. Pero la voz no era humana, no podía relacionarse con un ser de carne y hueso. Me hallaba bajo la impresión de que miles de ojos malignos, también sin vida, estaban mirándome desde las paredes, y de que millones de seres minúsculos e invisibles acechaban mi pensamiento.

-Por favor, no nos haga perder tiempo, que hay otros en turno -dijo la voz.

No es fácil explicar lo que esas palabras significaron para mí. Sentí que alguien iba a entrar, que ya no estaría más tiempo solo, y volví la cara hacia la puerta. No me había equivocado; una mano sujetaba el borde de la gran hoja de madera brillante y la empujaba hacia adentro, y un pie se posaba en el umbral. Por la abertura de la puerta se advertía que afuera había poca luz. Sin duda era la hora indecisa entre el día que muere y la que todavía no ha cerrado.

En medio de mi terror actué como un autómata. Me lancé impetuosamente hacia la puerta, empujé al que entraba y salté a la calle. Me di cuenta de que alguna gente se alarmó al verme correr; tal vez pensaron que había robado o había sido sorprendido en el momento de robar. Comprendía que llevaba el rostro pálido y los ojos desorbitados, y de haber habido por allí un policía, me hubiera perseguido. De todas maneras, no me importaba. Mi necesidad de huir era imperiosa, y huía como loco.

Durante una semana no me atreví a salir de casa. Oía día y noche la voz y veía en todas partes los millares de ojos sin vida y los centenares de cabezas sin cuerpo. Pero en la octava noche, aliviado de mi miedo, me arriesgué a ir a la esquina, a un cafetucho de mala muerte, visitado siempre por gente extraña. Al lado de la mesa que ocupé había otra vacía. A poco, dos hombres se sentaron en ella. Uno tenía los ojos sombríos; me miró con intensidad y luego dijo al otro:

-Ese fue el que huyó después que estaba…

Yo tomaba en ese momento una taza de café. Me temblaron las manos con tanta violencia que un poco de la bebida se me derramó en la camisa.


Mi mal es que no tengo otra camisa ni manera de adquirir una nueva. Mientras me esfuerzo en hacer desaparecer la mancha oigo sin cesar las últimas palabras del hombre de los ojos sombríos:

-Después que ya estaba inscrito.

El miedo me hace sudar frío. Y yo sé que no podré librarme de este miedo; que lo sentiré ante cualquier desconocido. Pues en verdad ignoro si los dos hombres eran miembros o eran enemigos del Partido.

Ahora estoy en casa, tratando de lavar la camisa. Para el caso, he usado jabón, cepillo y un producto químico especial que hallé en el baño. La mancha no se va. Está ahí, indeleble. Al contrario, me parece que a cada esfuerzo por borrarla se destaca más.