No más salvapatrias de ambos sexos

Se fueron los caudillos de la política dominicana y tras ellos debe ir esa tendencia a postrarse ante líderes mesiánicos, pero, ay, la nostalgia embarga muchos corazones y el deseo de sustituirlos babea por las comisuras de múltiples labios. 

Se fueron los caudillos de la política dominicana y hay quienes insisten en repetir la historia por miedo a la libertad. Se fueron y nada ni nadie los hará resurgir de las cenizas. 

Se fueron y dejaron su impronta en partidos, sindicatos, movimientos cívicos y todo tipo de organizaciones. Por doquier encontramos alguien que desea actuar cual Balaguer post moderno, o renovado Peña Gómez o Bosch recargado y yo grito que no necesitamos salvapatrias en ningún lado.

Lo peor que puede pasarle a nuestra incipiente democracia es el surgimiento de nuevos próceres que nos defiendan imponiendo sus férreas voluntades indomables definiendo lo bueno y lo malo según sus rancios pareceres recalcitrantes. 


La sociedad dominicana necesita el debate democrático, la circulación de las ideas y el respeto a la institucionalidad. Y no sólo la sociedad dominicana, sino también las organizaciones, tanto las políticas como las sociales. 

Hay tantas organizaciones sociales que conservan las democracia con bolita de naftalina, señores es tiempo de que la democracia huela a nardo, rosas o pachulí.

Nuestra nación no necesita personas extraordinarias, llenas de sapiencia, que luchen en nombre de lo que ellas entienden que es lo mejor para nosotros sin tomarnos en cuenta. Se necesita que construyamos la democracia en común, escuchándonos, entendiéndonos, conversando y aprendiendo a procesar los conflictos, no a obviarlos o negarlos. 


La democracia es una construcción colectiva, no individual, es suma de voluntades y no resta de ideas y personas. La democracia no debe confundir el debate de ideas con el chisme de personas que sólo saben escucharse a sí misma y regar de lodo su entorno.

Nuestra nación necesita una ciudadanía que respete las leyes y que demande el apego a la institucionalidad de parte de quienes en un momento dado se encargan de administrar los poderes del Estado, pero que también respete las internas reglas del juego aquel que pertenece a una organización social. 


La democracia necesita una ciudadanía activa y no borregas caducas, necesita seres humanos comunes y corrientes creyentes en las instituciones y no en las personas, libres de grandes lealtades a colosales y vetustos líderes. Uno de los más grandes obstáculos de la democracia dominicana es que en los partidos políticos, los movimientos cívicos, el empresariado y en toda la sociedad dominicana proliferan los salvapatrias de añejo cuño.

La democracia necesita gente de carne y hueso que jueguen su pequeño papel cotidiano, que respeten cabalmente las reglas del juego sin lealtades irracionales a personas providenciales que todo lo saben y todo lo ven. Porque el personalismo omnisciente atraviesa la sociedad por los cuatro costados, y quienes se creen omniscientes no permiten el surgimiento de nuevas visiones, de ideas innovadoras, condenándonos al atraso. 


¿Será por eso que el desarrollo de organizaciones democráticas e institucionales es tortuoso, lleno de retrocesos y bloqueado por salvapatrias de ambos sexos y de arcaico cuño?

Ramón Tejada Holguín
El Caribe
21 de diciembre 2006


El riesgo manufacturado

El concepto de riesgo se ha tornado en algo muy complejo con la llegada de las sociedades modernas. El riesgo ya no está asociado sólo a las fuerzas de la naturaleza, como en la antigüedad. Paradójicamente mientras la humanidad va logrando mayores niveles de control sobre los fenómenos naturales, el riesgo aumenta de manera exponencial. La intervención de la humanidad trae nuevas e inusitadas inquietudes. "Empezamos a preocuparnos menos sobre lo que la naturaleza puede hacernos y más sobre lo que hemos hecho a la naturaleza", dice Anthony Giddens en "Un mundo desbocado", Taurus, 2000. El riesgo puede ser "causado por la tradición o la naturaleza", o manufacturado, que es el fruto de la intervención humana sobre el mundo. El riesgo manufacturado se asocia a la probabilidad de que la humanidad, debido a la forma en que interactúa con la naturaleza, provoque daños ecológicos que comprometan a las generaciones porvenir, o que terminen con parte de la vida sobre el planeta. El riesgo manufacturado es la suma de todos los riesgos. Se diría que Hobbes tenía razón al decir: “el hombre es el lobo del hombre”.

Previo a Giddens, Ulrich Beck ubica la noción de “riesgo” en el centro de su reflexión sobre la crisis ecológica y social. Quizás no fue sólo una casualidad que la primera edición de su obra "La Sociedad del Riesgo: Hacia una Nueva Modernidad", se publicara el mismo año en que tuvo lugar una catástrofe nuclear. El 26 abril de 1986, en Chernóbil, Ucrania, antigua Unión Soviética, diversos errores humanos provocaron que un reactor fusionara su núcleo y desencadenara una explosión que liberó una gran cantidad de residuos radiactivos que flotaron por más de la mitad de Europa. Alrededor de dos mil personas perecieron, y millones respiraron o ingirieron partículas radiactivas, sin que todavía se sepa a ciencias ciertas sus consecuencias ya que los efectos de la contaminación continuan y continuarán en el futuro.

La humanidad está expuesta a sufrir las consecuencias del calentamiento global, del deterioro de la capa de ozono, de la desforestación, y en cada uno de estos grandes riesgos la acción humana es determinante, o quizás debería decir la irresponsabilidad de la humanidad y el colocar el lucro individual por encima del interés colectivo. La humanidad corre el peligro de que el batir de alas de una mariposa en el África desencadene la furia de los vientos y las mareas que provocan huracanes y tormentas en El Caribe. En las sociedades modernas el riesgo se asocia a las altas probabilidades de ocurrencia de desastres ecológicos y sociales provocados por la indolencia y voracidad de un sector de la sociedad. Con la agravante de que las acciones de los países más desarrollados comprometen el bienestar de los menos desarrollados. La magnitud de los riesgos manufacturados no son los mismos para todos, y parecería que hay a quienes no les importa que todo el edificio social se venga abajo un día de estos. ¿Será que piensan que en cualquier momento pueden tomar un trasbordador espacial e irse a otro planeta a depredar?

Ramón Tejada Holguín
El Caribe
14 de diciembre 2006