Una muerte que es muchas muertes



Esperancita, adolescente y pobre, fue muerta el viernes en la mañana. Leucémica y embarazada fue muerta por muchas personas que, sabiéndolo o no, desataron el enorme engranaje social, político e ideológico que la dejó inerte, sin fuerzas, que la llevó a este final totalmente esperado. Fue muerta sin entender las potencias que se habían cebado contra ella y sin saber el porqué de tanta saña.

Había muchas cosas que no sabíamos de Esperancita, de las cuales algunas ya sabemos y otras serán arcanos, preguntas sin respuestas, nubes negras permanentes en quienes intentaron salvarla.

Sabemos su verdadero nombre, pero no es lo relevante. Esperancita fue nombre simbólico, pequeña esperanza. Dado como una forma de aferrarse al deseo de salvarla. Ahora sabemos que inútil fue tal aspiración. Que al deseo hay que agregarle grandes dotes de voluntad y acciones y menos palabrería y justificaciones. Que la ley del karma taladre el corazón de los corazones que dicen proteger la vida y la dejan morir en defensa de sus creencias religiosas llevadas al extremo.

Tengo preguntas, que no niego son forma de responsabilizar a corazones que se han endurecido ante el dolor femenino para defender sus boletos a un paraíso que quizás, precisamente por haber endurecido el corazón de sus corazones, jamás llegarán a conocer.

No preguntaré por las causas médicas de su muerte, porque sé que no murió de leucemia, ni de falta de plaquetas, ni por su embarazo. Murió de pobreza, porque estoy totalmente seguro que una hija de familia con recursos habría sido salvada, aquí o llevada al extranjero para que la espada flamígera del artículo 37 y su defensa de la vida desde la concepción no le alcanzara.

Su muerte evidencia muchas carencias. Una de ella es la información. El poco seguimiento que se le dio al caso fue de forma amarillista en algunos medios, en otros como parte de comentarios bien intencionados, pero sin agenciarse información veraz e independiente. Porque esas cosas que jamás sabremos, debieron ser investigadas e informadas por una prensa responsable y eficiente.

Había que investigar si se le daba o no realmente el tratamiento adecuado. Había que investigar las razones por las que un hospital que recibe grandes subvenciones del Estado no aceptaba a Esperancita. Había que investigar si efectivamente en la clínica que estaba se habían establecido las condiciones necesarias para salvar su vida como manda el protocolo médico y no el perverso artículo 37 colocado por encima del juramento hipocrático.

Nos han muerto a Esperancita y hay muchos y muchas cómplices sin quererlo, y queriéndolo también. ¿Cómo podríamos saber lo que realmente ocurrió, las auténticas responsabilidades materiales?

Apelando a quienes tienen todavía algo de corazón en sus corazones pregunto, como forma de llamar a la acción urgente y de decir “basta carajo”: ¿cuántas Esperancitas, que no conocemos ni llegaremos a conocer, están siendo hoy víctimas del Doctor Artículo 37? ¿Cuántas lo serán en el futuro? ¿Cómo podemos detener estos feminicidios constitucionales?

Ramón Tejada Holguín
El caribe
Perspectiva Ciudadana
21 Agosto 2012

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